Portales.

A veces paso por las casas en las que he vivido. Y son muchas -Doce casas, en seis ciudades-. Es como un ritual secreto: antes de abandonar una ciudad miro los portales por los que pasé tantas veces. Hay algunas casas por las que no he podido pasar nunca, la lejanía de ciertas ciudades, el mar que nos separa me lo impide. Imagino el momento en el que me reencuentre con ellas, como si fuera a sentir algo, un pasado abandonado que se transformó en tiempo. Y el tiempo en mí.

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La posibilidad.

“Solo llegamos a estar escritos escribiendo”
Derrida

O la dificultad que me supone empezar a redactar. Disfruto acumulando datos. Es placentero. Anoto cosas en mi libreta que nunca llego a ordenar. Las reviso y veo potencia. Potencia que nunca llega a ningún acto ¿por qué habría de llegar? Decía el señor Heidegger algo así como que somos nuestras posibilidades y si somos nuestras posibilidades quiero seguir siendo amplia, múltiple, posible. Disfruto imaginando lo que podría ser más que intentando ser nada. Otra defensa de la procrastinación: diógenes de información, defensa de la amplitud.

La realidad es que me abruma la cantidad de notas, que no sé como extraer orden entre tanto caos y me contento con contemplarlo. Quizás si consigo pulir algo conoceré un placer nuevo. El placer del acto. Otra posibilidad que disfruto imaginando.

Filosofía y cine.

“De modo que podemos ahora volver a la cuestión del cine y de la filosofía. Pienso que tienen en común la idea de que es necesario partir de lo que hay, partir de lo real, un real que no está ausente del pensamiento. Contrariamente, tal vez, a las otras artes, que parten de la pureza de sus propias historias; contrariamente a la ciencia, que parte de sus propios axiomas y de su propia transparencia matemática, el cine y la filosofía parten de lo que es impuro. Parten de las opiniones, de las imágenes, de las prácticas, de las singularidades, de la experiencia humana. Y tanto uno como la otra, el cine y la filosofía, apuestan a que se puede crear una idea a partir de ese material, a que la idea no siempre viene de la idea, a que puede venir de su contrario. En el caso del cine, la imaginería del mundo, su impureza infinita; en el caso de la filosofía, las rupturas de la existencia”

Y así fue como Badiou me convenció una noche.

Lo que acontece. Vomitar ideas mientras estudio.

“Todo gran pensador tiene solo un pensamiento”
Heidegger

La pregunta a la que le doy vueltas sin parar es la relación del arte con la verdad. Y esto llegado al punto se pasa de abstracto. Concluyo que no existe la verdad. Claro que existen cosas materiales, que caigo, que si me atropella un camión me muero. Lo que quiero decir es algo así como que no existe la verdad en el sujeto. Que es cambiante, variable, que ahora cree “a” con la misma fuerza que mañana creerá “b” y que todo esto es verdad. Por eso me gustan las filosofías del acontecimiento, tan francesas y tan contemporáneas, que relacionan la verdad con lo que acontece, algo imprevisto que crea sujetos temporales con motivaciones temporales en momentos puntuales. Pero todo este pensamiento parte de Heidegger y como a un gato le pasa con el agua el mero nombre “Heidegger” me produce una repulsión inconsistente teóricamente pero verdadera. Odio su manera de expresarse, lo tautológico que resulta a veces, su prepotencia, su callaros todos que aquí está el hombre ario, sus conclusiones absolutas y pedantes como la que cito arriba. Pero como todo ser que guste de estudiar filosofía en la actualidad no he parado de leer a Heidegger. Me gustó la alethéia, la reformulación del concepto parmesiano traducido comúnmente como “verdad” en su sentido etimológico como no- oscuridad, salir a la luz, aparecer. He aquí el acontecimiento, la verdad como lo que sale a la luz y se hace visible, una especie de experiencia estética que deslumbra. Pero ¿ya está? ¿esa es la respuesta a la relación entre ficción y verdad? ¿Lo que acontece? ¿Lo que aparece? ¿El arte enseña cosas? ¿el arte instaura relaciones? ¿Y esto es verdad?

Lukacs diferenciaba dos momentos: el hombre “entero” y el hombre “enteramente”. El hombre es enteramente cuando entra en éxtasis, la experiencia estética; y es entero cuando es normalmente. Es decir, los hombres tienen capas, el hombre entero tiene capas psíquicas, materiales, preocupaciones, deseos, hambre; mientas que el hombre enteramente no, es solo uno, una sola capa que se concentra en una sola cosa que lo recorre por completo. ¿Es más verdad ser una capa o ser muchas? El acontecimiento debería ser algo así como ser una capa, ser enteramente ¿no? Porque normalmente somos enteros. Aunque la experiencia estética sea algo sublime que de sentido a vivir quizás haya que dejar de darle importancia a ser enteramente para ser enteros. ¿Se puede refutar a Heidegger con Lukacs? Todo esto que digo me molesta al decirlo porque tiene un regustillo a ética bastante desagradable. Esta es otra de mis batallas abiertas: no subsumir la estética a la ética. Qué difícil resulta a veces.

Y como siempre pasa, pasan tantas cosas que no sé que pasa. Y sigo sin responder la pregunta. A ver si Badiou y Rancière tienen algo satisfactorio que contarme.

Reflexión (exagerada) sobre el retrato a raíz de trabajar como fotógrafa en una agencia modelos.

“Se conoce una sola frase de Rembrandt: “¡Yo hago retratos!”.
En la tempestad, muchas veces me aferré a esa frase”
Henri Matisse.

Según Jean-Luc Nancy pintar un retrato pone en juego toda la filosofía del sujeto ¿Qué pone en juego fotografiarlo? ¿lo reduce a mera superficie? ¿Iguala aspecto a identidad?

Podemos entender que un retrato no es la simple captación visual de una persona –aunque tradicionalmente se entiende así–. Si el objeto del retrato es un sujeto, este no es solo su imagen, también su entorno, quizás un objeto, quizás un momento, quizás un color. Porque una “persona” y lo que la representa no es solo su imagen, ni su figura, ni su cara, ni sus ojos. Podemos aceptar que toda fotografía que tenga como objeto una persona aunque esta no aparezca (expresamente) en pantalla es un retrato. Pero ¿y las fotografías que utilizan a personas como reclamos son “retratos”? ¿Se puede no considerar retrato a la imagen de una persona?

Mi pregunta es simple y antigua: la identidad de la representación en un ámbito mimético. La trascendencia de la imagen. La duda de si preferir la imagen como índice de alguna otra cosa o la imagen como mera imagen. En fotografía la cuestión se complica puesto que parece irrenunciable la categoría de índice y con demasiada frecuencia se reduce solo a “índice”, a una huella, a “esto ha sido”, a verdad. Allan Sekula, Roland Barthes, André Bazin y los fotoperiodistas en general defienden esta idea. Philippe Dubois propone que la fotografía solo es puro índice en el acto de fotografiar: “En la fotografía, si hay necesidad (ontológica) de una contigüidad referencial, no hay menos (también ontológicamente) necesidad de distancia, de separación, de corte.[…] La foto es ante todo índex. Es solo a continuación que puede llegar a ser semejanza (icono) y adquirir sentido (símbolo)”. En un nivel semiótico y ontológico esta definición resulta más exacta. Incluso responde a medias mi pregunta: la imagen de una persona remite a esta persona, si no como índice sí como icono, la imagen trasciende.

Se llama “retrato autónomo” a la representación de una persona que no ejecuta ninguna acción, ni expresa ninguna emoción. Si acaso la acompaña en imagen algún elemento, que sirva para dar información acerca de la ocupación del presentado o algún otro rasgo que se considere indispensable en su identidad. Se supone que así el interés se centra en la persona misma, que se presenta su esencia. Despoetizar el espacio para llegar a la persona orgánica como imagen. Richard Avedon practicó este tipo de retrato pero sin resultar distante ni “objetivo”.

Si me pongo optimista puedo pensar que algo así es lo que he estado haciendo en mi trabajo como fotógrafa de modelos. Figura sobre fondo monocromático, blanco. Figuras aisladas. Modelos autónomas. Y sin embargo no las veo. ¿Las fotografío a ellas o a la ropa que llevan? La ropa es lo que tengo que fotografiar, ellas son el reclamo. Fotografío la ropa pero son ellas. Intervengo pretendiendo dar un toque vivo, no una pose tan forzada, o sí; no una pose tan fría, o sí; no un gesto tal falso, o sí; no un gesto tan visto, o sí. Y sigo sin verlas.

Un retrato es un retrato de alguien que sabe está siendo retratado. Tiene un papel activo. Se expone. Si no en fotografía se habla de un robado. ¿Qué se expone al exponerse? Ex-pone. Se pone hacia afuera. Son ellas. Se reconocen. ¿Por qué a mí me cuesta reconocerlas? Porque no las conozco. Para bien o para mal he solido fotografiar a personas cercanas, he podido reconocer gestos, dejarlas improvisar, verlas a ellas y verme a mí viéndolas. Aquí apenas veo, o mejor, solo veo ignorando cualquier otro sentido. ¿Y si el retrato es más retrato si solo se ve? ¿Y si ignorar la referencia lo hace más autónomo? ¿y si la imagen funciona mejor si es más icono y menos índice? Un sujeto sin identidad, una figura sin yo ¿se acerca más a un universal concreto? ¿Por qué pretender sacar una interioridad al exterior? ¿Por qué sustituir la exterioridad por una supuesta interioridad más pura? ¿Por qué buscar un espejo de un alma? ¿Por qué no simplemente dejar aparecer sin preocuparse de qué es lo que aparece, comparece o se presenta? ¿Por qué buscar un sujeto en el sujeto? ¿Por qué no quedarnos simplemente con la imagen?

Nancy dice: “Si elegimos detenernos en el momento de la exterioridad y sostener firmemente su subsistencia autónoma, entonces habrá que sostener, conjuntamente con la lógica de una mimesis contradictoria, una lógica distinta, desfasada, en cuyos términos ya no nos preguntaremos de qué modo el retrato es retrato del sujeto, sino de qué modo él mismo es la ejecución de dicho sujeto”. El retrato –ejecutado por el sujeto– como ejecución del sujeto, ahí la paradoja.

Y quiero pensar que el acto de fotografiar no reduce a imagen. Si la exposición es una puesta en espacio, un abrirse hacia afuera, ambos nos exponemos. Nos hemos relacionado en el momento de fotografiar. Quizás no mi relación preferida, quizás no tan cercana, quizás, como diría Susan Sontag, una relación de poder, pero nos hemos relacionado, cada cual actuando su papel. La puesta en obra es conjunta –diría Nancy– el resultado común.

La intimidad no descansa.

En una de las cartas de Alejandra Pizarnik a su psicoanalista León Ostrov ella le expresaba su angustia por no poder trabajar debido a otra angustia; él le respondió “Usted es de esos seres que trabajan siempre porque la intimidad no descansa”. Si lo personal es político toda mujer es de esos seres que trabajan siempre porque la intimidad no descansa nunca.

Seguía yo con la sensación de haber perdido un año de mi vida pero me he puesto a desarrollar todo lo que he aprendido sin descanso. He aprendido todas las traiciones. He aprendido lo que duele el silencio. He aprendido todas las formas físicas en las que puede afectarme la tristeza. He aprendido lo que es verse en la calle. He aprendido la amabilidad de los desconocidos. He aprendido el vacío. Nunca más querer huir y no tener a donde. Nunca más una fe tan torpe. Se ha de poder amar de otro modo y voy a aprender a hacerlo. Mi intimidad no descansa.

Actualizar repertorio.

Llevo años en lo que pudiera llamarse una crisis creativa. He colgado la cámara, temporalmente –me digo– pero el tiempo se hace largo, ya casi termina. De las pocas fotos que me gustan de las hechas en este periodo destaco dos. Sé que funcionan bien juntas. Una es yo desenfocada en colores pastel, primer plano, ojos cerrados. La otra un cable doblado sobre sí pudiendo parecer un símbolo ‘infinito’.

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Al publicarlas la gente habló de pictorialismo, de minimalismo, criticaron la técnica, observaron que mi cámara de alta gama presupone un estilo y yo voy y hago eso.

¿Por qué hice eso?

Las fotos las hice después de hacerme la fotografía que mandaría al señor que hacía las orlas de final de carrera para que recortara mi cabeza y la pegara en otro cuerpo. Un cutremontaje con el que no sabía si estar muy de acuerdo. Digo cutremontaje porque por las condiciones que me puso el señor –pelo recogido que no se acercara ni al cuello ni a los hombros, mirada al frente, sin puntualizar nada relativo a la luz– sabía que de ahí iba a salir algo extraño, ajeno, que yo hubiera podido hacer mejor. Cada vez que veo la orla colgada en el salón de mi madre recuerdo ese momento. Me molesto en buscar de quien me habían puesto el cuerpo, la encuentro, sí, tengo sus verrugas del cuello. Me sentí incómoda haciéndome esa foto, su recuerdo no era para mí. Me hice la orla por conservar en cierto modo a mis compañeros de clase, pero sobretodo para alegrar a mi madre. No es que la fotografía hubiera sido más ‘verdadera’ si me la hubiera hecho presencialmente, yo estaba en esa clase, es que me pusiera como me pusiera era incapaz de reconocerme en ese gesto, en esa imagen, en ese pelo recogido y en esa mirada al frente tan inexpresiva que no era capaz de cambiar.

Como no me encontraba no me enfoqué. Desenfocada, diluida en un espacio cerrado pero íntimo, vivía el presente. Porque la suma de las dos fotos me transmite intimidad y por cierta alusión a los símbolos: deseo de durar, perdurar, suspender el tiempo. Ese instante en el que todo es sentido porque se siente sin dudas: la armonía. Una experiencia armónica. En una habitación sola. Habitación en un quinto piso en el Raval. Ahora una intimidad extraña.

¿Por qué cuento esto?

La fotografía es un arte raro. Cuando el resto de las artes eran presas de la ‘intención del autor’ en la fotografía esta no importaba, solo importaba el objeto. Y es que el autor a lo más que podía aspirar era a desaparecer, a que su presencia resultase inadvertida para el fotografiado. La fotografía como documento ha sido la hegemónica y ha impregnado lo que socialmente se entiende como fotografía, lo que se espera de ella: memoria y realidad. Pero, como todo repertorio, muere de su propio exceso, en este caso ayudado también por los avances tecnológicos y la multiplicación de usuarios que ha constatado que esto no era necesariamente así.

Es raro reivindicar al autor cuando en todas las artes ha muerto ¿Debe la fotografía reivindicar al autor como una forma de superar la tiranía del objeto? Al fotoperiodismo parece que le funciona ¿Debe la fotografía reivindicar al receptor haciéndole dudar del objeto? A Fontcuberta parece que le funciona ¿Debe la fotografía no deber nada? ¿Se debe abandonar el sentido? Y es lo posible la verdadera respuesta. Y mi verdadera pregunta qué me funciona a mí.