Proyectos fallidos: placer y goce.

WhatsApp Image 2018-01-15 at 20.29.33

He encontrado una vieja caja que guarda los restos de mi breve incursión en la fotografía química. Hay negativos de mi infancia que pedí por casa y nunca llegué a positivar; también el único negativo que he revelado en toda mi vida con algunas fotos de finales de 2011 y algunas otras de principios de 2012 pero sobretodo huecos en blanco de película no expuesta. Hay positivados de ese carrete en los que apenas se distingue nada aunque yo sé que son Ana Suanes tomándome fotos con mi cutre Olympus digital y el árbol de mi ventana de aquella casa en los Bermejales que tan en la puñeta estaba de todo. Hay positivos de un carrete que no fotografié yo en el que los blancos no son blancos y lo más nítido que aparece son las huellas de mis dedos por tocar directamente el papel para sacarlo de no recuerdo qué líquido. Y también hay un par de carretes de polaroids que compré caducados y que solo fueron capaces de dar una imagen verdosa y difusa de lo que quiera que yo fotografiase, indicios de realidad pero no iconos. De estos intentos fallidos con lo químico salieron otras cosas que yo no esperé: un autorretrato digital en el que me tapaba los ojos con una tira de negativos; un retrato en el que comparaba el color verdoso liso de una de estas películas de polaroids caducadas con los ojos de quien la sujetaba a la altura de su cara; y una serie de ilustraciones torpes que tomaban como base las líneas que se intuían de esas emulsiones a medias.

Hay dos nostalgias que se mezclan en mí mirando las fotos de esta caja. De una parte el apego a aquel año con todos sus paisajes y personas del que estas imágenes son una parte ínfima y que tan rápido pasó y que significó tanto; de otra parte la añoranza del juego, cuando solo se trataba de probar por probar, cuando daba igual si las fotos salían o no porque siempre salía algo y con eso bastaba, cuando no había ni proyectos ni guiones ni referencias ni resultados ni maestros, solo un lenguaje y yo intentando aprender ese lenguaje sin nunca llegar a hacerlo. Cada tiempo tiene su paisaje y hoy todo es más consciente, menos torpe, más pesado, pero los auténticos momentos de goce siguen siendo aquellos en los que la espontaneidad lo inunda todo, en los que nada importa nada y solo hay fragmentos. El placer de la obra es un placer distinto al goce, más grave, más estanco, más definitivo ¿más ajeno?

Anuncios

Se ha roto mi riñonera de cuero.

Quienes no comemos carne (y quienes hacen algo más que no comer carne) tenemos sobre nosotros la lupa de la contradicción. Poco importa si somos de los que tratamos de convencer a nuestro entorno de los beneficios personales y ecológicos de nuestra forma de vivir o si simplemente somos de los que nos limitamos a existir -sin hacer ruido- de una forma acorde a nuestro sentir y pensar: siempre habrá alguien que se acerque a nosotros preguntándonos a la defensiva “¿Por qué lo hacéis?”

Y lo hacemos por motivos archiconocidos que van desde una empatía con el mundo animal y un rechazo al maltrato de la industria cárnica, una preocupación por el medio ambiente y el malgasto de recursos naturales, pasando por la propia salud personal apostando por una nutrición más equilibrada y consciente. No es mi intención profundizar ahora en estos motivos y todos sus matices sino en la respuesta a la que siempre se acaba desembocando en el transcurso de la conversación: “Te contradices”.

Y hay muchas formas de contradecirse. Bien puede ser que asesinas mosquitos y cucarachas; que bebes coca cola; que en el improbable caso de que tu avión se estrellase en los Andes y sobrevivieras serías capaz de comerte a otros humanos por necesidad; que comes vegetales que “también son seres vivos” o que “tu riñonera es de cuero”.

A la estudiante de filosofía que tengo la particularidad de ser le sería fácil zanjar la discusión argumentando que dicha contrarréplica no es más que una falacia ad hominem que sin duda no desmonta la creencia de que el vegetarianismo o el veganismo son opciones respetables y preferibles a una alimentación estándar. Pero todos sabemos que este tipo de argumentos son de poca eficacia en el mundo real.

Desde el posmodernismo que profeso me sale gritarle al universo que la contradicción está infravalorada, que no hay mejor defensa contra el dogmatismo que pequeñas dosis de discordancia interna, que el no creerse en posesión de la verdad absoluta nos ayuda a cohabitar. También desde mi izquierdismo me sale decir que es imposible no contradecirse en un mundo capitalista globalizado donde es imposible saber de donde proceden y que conllevan los productos que tan fácilmente consumimos. Incluso desde mi misticismo tan naíf me sale parafrasear aquello de que el horizonte siempre se aleja pero nos sirve para caminar, llegaría a aceptar que el objetivo final es la ausencia de contradicción pero que mientras tanto pues habrá que ir caminando (o revisando ciertos hábitos).

Sé que este impulso irrefrenable de llamar hipócrita a quienes toman partido por algo nace de un anhelo conservador de quienes no quieren cambiar su status actual. Lo que no sé si ellos saben es que el hecho de que yo prefiera una forma de vida a otra no es necesariamente un ataque frontal a su modo de ser. Es lo que tiene la contradicción, es lo que tiene vivir la transición como un proceso y no como una revelación celestial: que conlleva una empatía. No intento convencer a nadie con argumentos racionales de que ciertas conductas son preferibles a otras -aunque a mí me convenza-; no miro con condescendencia a los que no piensan como yo pensando que están equivocados y que algún día se darán cuenta de la verdad -aunque yo la considere verdadera-; me contento con crear la experiencia de que es posible: demostrar que no necesito carne para vivir; demostrar que soy más saludable desde que cambié mis hábitos; sentirme menos copartícipe de cualquier asesinato animal; enseñarme a mí misma que mi vida es mejor así. Y hoy desprenderme con nostalgia de mi vieja riñonera de cuero que me acompaño a tantos sitios y me gustaba tanto y colocarme en la cadera la nueva que es de tela. Otra contradicción menos, de esas que no quiero que acaben nunca.

Bye Girls.

Desconozco si Girls representa a mi generación, pero a mí si me representa. Tengo tres escenas grabadas en mi memoria de verlas y pensar: esa es mi vida. Y otras tantas que pudieran serlo. El inicio del primer capítulo de la primera temporada en la que los padres le comunican que van a dejar de darle dinero y ella vive como una traición “ahora que estoy tan cerca de conseguir la vida que quiero”. La conversación entre Hannah y la compañera de clase a la que envidia en el capítulo final de la quinta temporada sobre la autocondescendencia, la flojera vital y la falta de ideas.

 

Y más reciente la conversación entre Marnie y su exmarido, con psicólogo mediando del cuarto capítulo de la sexta temporada. Qué decir.

 

Estos momentos me han punzado a un nivel personal. A nivel social se ha escrito mucho sobre los desnudos de Lehna Duhnan y recientemente sobre el tercer capítulo de la sexta temporada que trata el acoso con una sinceridad que ya quisiéramos que fuera lo habitual.

*Algo así como un spoiler

Acaba Girls y es una de esas series que va a dejar un vacío en mi vida audiovisual. Y no me ha gustado el final. Sí el embarazo, sí la decisión de tenerlo sola como manera de mostrar una maternidad diferente pero es que al final se acerca peligrosamente a algo así como una madre soltera típica. Es evidente que un hijo no es un contrato temporal pero que el amor que Hannah sea capaz de dar no (tan) egoistamente sea a su hijo no es un gran consuelo. La conclusión es algo así como que cada cual siga su camino y aunque es importante respetar el camino de los otros y el propio, aunque sea interesante argumentar que la amistad no todo lo puede y que no acaben siendo fantásticas amigas, acaban demasiado solas. Demasiado peso en un hijo que solo existe durante media hora.

Me hubiera gustado que filmasen el “parto” porque hubiera sido interesante ver un parto a lo Dunham, imagino que se alejaría de todos los tópicos visuales del parto, veáse: mujer haciendo ruiditos ridículos, enfermero limpiando el sudor de la frente con condescendencia, médico agarrando al niño y enseñándoselo a la madre diciendo un sexo y ella respondiendo con un nombre. Que horror. Había imaginado el final ahí. Un final abierto en el momento del parto. Con todas las posibilidades abiertas. Todo el espacio a la felicidad y al arrepentimiento. El hijo es el motor de un cambio que solo se nos enseña superficialmente un giro de guión demasiado grande para un final abierto.

Portales.

A veces paso por las casas en las que he vivido. Y son muchas -Doce casas, en seis ciudades-. Es como un ritual secreto: antes de abandonar una ciudad miro los portales por los que pasé tantas veces. Hay algunas casas por las que no he podido pasar nunca, la lejanía de ciertas ciudades, el mar que nos separa me lo impide. Imagino el momento en el que me reencuentre con ellas, como si fuera a sentir algo, un pasado abandonado que se transformó en tiempo. Y el tiempo en mí.

Vivre sa vie.

Hace cuatro años vi por primera vez Vivir su vida (1962) de Godard, desde entonces se ha convertido en una de esas películas a las que vuelvo cada cierto tiempo, casualmente todos los años desde hace cuatro años por estas fechas. Porque desde hace cuatro años intento vivir mi vida, porque Vivir su vida trata sobre la libertad y la libertad es sentirte responsable de tus acciones, sean cuales sean, ya sea mover la mano, girar la cabeza o dedicarte a la prostitución. Porque en nuestro mundo ser responsable de tus acciones se parece mucho a tener dinero para decidir.

Como todas las películas, todos los libros o todo producto cultural que acompaña a uno durante su vida, cada vez que se recurre a él asombra algo distinto, punza en otro sitio. Esta vez me obsesiona esta escena, en la que una amiga le cuenta a Nana (Anna Karina) que ejerce la prostitución. Nana le contesta que eso no es muy alegre y la amiga le dice que ella no es la responsable, entonces Nana le dice que uno siempre es responsable, algo así como una versión práctica de la máxima sartreana: “el hombre está condenado a ser libre”.

Nana supo en esa memorable escena -sigue siendo mi favorita del film- en la que va al cine y su rostro se confronta con el rostro de Juana de La pasión de Juana de Arco (1928) de Dreyer que la gran victoria sería su martirio, la liberación la muerte.

Lo supo antes de su reflexión sobre la responsabilidad y la libertad. Lo supo incluso antes de haberse sentido otra persona por haberse visto obligada a intentar robar.

4a

No sentirse responsable no libera, entumece. Nana encontró la libertad en la prostitución. Encontró ahí su vida. Dejó a su marido y a su hijo. Dejó sus sueños. Y se encontró. Vivió su vida, que no era ni la que debía ser ni la que ella quiso. Simplemente era suya, toda suya, absolutamente responsable, absolutamente libre.

No estamos condenados a ser libres como pensó Sartre, la existencia nos demuestra otra cosa: estamos condenados a ser libres en parte, a partes, nunca del todo. Aunque el hombre sea lo que hace con lo que hicieron de él es tan difícil saber donde acaba una influencia, es tan difícil llegar a sentirse responsable, es tan difícil llegar a ser libre, –sí, equiparo sentir a ser, en esto no soy sartreana–. Vivir la vida, propia, es vivir la libertad y la libertad es carne. La libertad se parece poco a los sueños, poco al superyó. Demasiado a la capacidad.

Voy, de nuevo, a intentar vivir mi vida. Sea lo que sea, mía. Me lleve a donde me lleve, mía. A sentirme responsable de todos mis actos sean lo que sean. Después de todo, todo es bello.

Esto no es una reseña, lo he vomitado desde el corazón.