El placer de los autores.

Me fascinan sus autores y a su vez creo en su muerte. Pienso mientras sigo leyendo a Roland Barthes, autor que se ha convertido en el centro de mi trabajo final de máster. Siempre me han fascinado los autores. No lo he podido ni querido evitar. Cuando leo un libro que me gusta me leo todos los que puedo del mismo autor. El primero fue Jostein Gaarder, en mi temprana adolescencia, después de La joven de las naranjas, vinieron El mundo de Sofía, El misterio del solitario, Maya y Jaque Mate. Luego fue Milan Kundera que después de La insoportable levedad del ser vinieron La inmortalidad y La ignorancia. Luego Alejandra Pizarnik: Obras completas, Diarios, Cartas al psicoanalista…  Y qué decir del cine. Mi obsesión por Ingmar Bergman. Lo mucho que me gustan Éric Rohmer, Theo Angelopoulos o Paolo Sorrentino… Lo mucho que me decepciona la desigual obra de un director como François Ozon…

Me es mucho más fácil elegir un director favorito que una película favorita porque es el estilo lo que me engancha. Estilo, esto que según Barthes forma parte de la mitología personal y por ende es en buena medida “natural”, inconsciente, involuntario; como la lengua es el horizonte dado (no se escoge) el estilo es el ámbito de la posibilidad dada (se configura pero no se escoge). La escritura es el único lugar del compromiso. El estilo se actualiza en la escritura. Se hace hecho.

Pienso en el esquema inestético de Alain Badiou y la forma en la que argumenta el arte se relaciona con la verdad. Para Badiou la verdad es un procedimiento que nace de un acontecimiento. El suceso es un acontecimiento inesperado e improbable que demuestra que la situación anterior no era cierta. La verdad como algo nunca totalizable ni alcanzable. Badiou no ubica la verdad en la obra artística, una obra no es un acontecimiento, es un hecho que va conformando el procedimiento artístico que es capaz de verdad en sí. La verdad está en ese procedimiento y no en la obra. La obra actualiza localmente la verdad ¿Y no es esta verdad lo que Barthes entiende como estilo?

¿Dónde está la verdad en el estilo o en la escritura? ¿Dónde el compromiso? La muerte del autor es el nacimiento del lector y sin embargo además del placer del texto existe el placer del autor, el placer del estilo cuando es auténtico.

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Reflexión (exagerada) sobre el retrato a raíz de trabajar como fotógrafa en una agencia modelos.

“Se conoce una sola frase de Rembrandt: “¡Yo hago retratos!”.
En la tempestad, muchas veces me aferré a esa frase”
Henri Matisse.

Según Jean-Luc Nancy pintar un retrato pone en juego toda la filosofía del sujeto ¿Qué pone en juego fotografiarlo? ¿lo reduce a mera superficie? ¿Iguala aspecto a identidad?

Podemos entender que un retrato no es la simple captación visual de una persona –aunque tradicionalmente se entiende así–. Si el objeto del retrato es un sujeto, este no es solo su imagen, también su entorno, quizás un objeto, quizás un momento, quizás un color. Porque una “persona” y lo que la representa no es solo su imagen, ni su figura, ni su cara, ni sus ojos. Podemos aceptar que toda fotografía que tenga como objeto una persona aunque esta no aparezca (expresamente) en pantalla es un retrato. Pero ¿y las fotografías que utilizan a personas como reclamos son “retratos”? ¿Se puede no considerar retrato a la imagen de una persona?

Mi pregunta es simple y antigua: la identidad de la representación en un ámbito mimético. La trascendencia de la imagen. La duda de si preferir la imagen como índice de alguna otra cosa o la imagen como mera imagen. En fotografía la cuestión se complica puesto que parece irrenunciable la categoría de índice y con demasiada frecuencia se reduce solo a “índice”, a una huella, a “esto ha sido”, a verdad. Allan Sekula, Roland Barthes, André Bazin y los fotoperiodistas en general defienden esta idea. Philippe Dubois propone que la fotografía solo es puro índice en el acto de fotografiar: “En la fotografía, si hay necesidad (ontológica) de una contigüidad referencial, no hay menos (también ontológicamente) necesidad de distancia, de separación, de corte.[…] La foto es ante todo índex. Es solo a continuación que puede llegar a ser semejanza (icono) y adquirir sentido (símbolo)”. En un nivel semiótico y ontológico esta definición resulta más exacta. Incluso responde a medias mi pregunta: la imagen de una persona remite a esta persona, si no como índice sí como icono, la imagen trasciende.

Se llama “retrato autónomo” a la representación de una persona que no ejecuta ninguna acción, ni expresa ninguna emoción. Si acaso la acompaña en imagen algún elemento, que sirva para dar información acerca de la ocupación del presentado o algún otro rasgo que se considere indispensable en su identidad. Se supone que así el interés se centra en la persona misma, que se presenta su esencia. Despoetizar el espacio para llegar a la persona orgánica como imagen. Richard Avedon practicó este tipo de retrato pero sin resultar distante ni “objetivo”.

Si me pongo optimista puedo pensar que algo así es lo que he estado haciendo en mi trabajo como fotógrafa de modelos. Figura sobre fondo monocromático, blanco. Figuras aisladas. Modelos autónomas. Y sin embargo no las veo. ¿Las fotografío a ellas o a la ropa que llevan? La ropa es lo que tengo que fotografiar, ellas son el reclamo. Fotografío la ropa pero son ellas. Intervengo pretendiendo dar un toque vivo, no una pose tan forzada, o sí; no una pose tan fría, o sí; no un gesto tal falso, o sí; no un gesto tan visto, o sí. Y sigo sin verlas.

Un retrato es un retrato de alguien que sabe está siendo retratado. Tiene un papel activo. Se expone. Si no en fotografía se habla de un robado. ¿Qué se expone al exponerse? Ex-pone. Se pone hacia afuera. Son ellas. Se reconocen. ¿Por qué a mí me cuesta reconocerlas? Porque no las conozco. Para bien o para mal he solido fotografiar a personas cercanas, he podido reconocer gestos, dejarlas improvisar, verlas a ellas y verme a mí viéndolas. Aquí apenas veo, o mejor, solo veo ignorando cualquier otro sentido. ¿Y si el retrato es más retrato si solo se ve? ¿Y si ignorar la referencia lo hace más autónomo? ¿y si la imagen funciona mejor si es más icono y menos índice? Un sujeto sin identidad, una figura sin yo ¿se acerca más a un universal concreto? ¿Por qué pretender sacar una interioridad al exterior? ¿Por qué sustituir la exterioridad por una supuesta interioridad más pura? ¿Por qué buscar un espejo de un alma? ¿Por qué no simplemente dejar aparecer sin preocuparse de qué es lo que aparece, comparece o se presenta? ¿Por qué buscar un sujeto en el sujeto? ¿Por qué no quedarnos simplemente con la imagen?

Nancy dice: “Si elegimos detenernos en el momento de la exterioridad y sostener firmemente su subsistencia autónoma, entonces habrá que sostener, conjuntamente con la lógica de una mimesis contradictoria, una lógica distinta, desfasada, en cuyos términos ya no nos preguntaremos de qué modo el retrato es retrato del sujeto, sino de qué modo él mismo es la ejecución de dicho sujeto”. El retrato –ejecutado por el sujeto– como ejecución del sujeto, ahí la paradoja.

Y quiero pensar que el acto de fotografiar no reduce a imagen. Si la exposición es una puesta en espacio, un abrirse hacia afuera, ambos nos exponemos. Nos hemos relacionado en el momento de fotografiar. Quizás no mi relación preferida, quizás no tan cercana, quizás, como diría Susan Sontag, una relación de poder, pero nos hemos relacionado, cada cual actuando su papel. La puesta en obra es conjunta –diría Nancy– el resultado común.

Actualizar repertorio.

Llevo años en lo que pudiera llamarse una crisis creativa. He colgado la cámara, temporalmente –me digo– pero el tiempo se hace largo, ya casi termina. De las pocas fotos que me gustan de las hechas en este periodo destaco dos. Sé que funcionan bien juntas. Una es yo desenfocada en colores pastel, primer plano, ojos cerrados. La otra un cable doblado sobre sí pudiendo parecer un símbolo ‘infinito’.

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Al publicarlas la gente habló de pictorialismo, de minimalismo, criticaron la técnica, observaron que mi cámara de alta gama presupone un estilo y yo voy y hago eso.

¿Por qué hice eso?

Las fotos las hice después de hacerme la fotografía que mandaría al señor que hacía las orlas de final de carrera para que recortara mi cabeza y la pegara en otro cuerpo. Un cutremontaje con el que no sabía si estar muy de acuerdo. Digo cutremontaje porque por las condiciones que me puso el señor –pelo recogido que no se acercara ni al cuello ni a los hombros, mirada al frente, sin puntualizar nada relativo a la luz– sabía que de ahí iba a salir algo extraño, ajeno, que yo hubiera podido hacer mejor. Cada vez que veo la orla colgada en el salón de mi madre recuerdo ese momento. Me molesto en buscar de quien me habían puesto el cuerpo, la encuentro, sí, tengo sus verrugas del cuello. Me sentí incómoda haciéndome esa foto, su recuerdo no era para mí. Me hice la orla por conservar en cierto modo a mis compañeros de clase, pero sobretodo para alegrar a mi madre. No es que la fotografía hubiera sido más ‘verdadera’ si me la hubiera hecho presencialmente, yo estaba en esa clase, es que me pusiera como me pusiera era incapaz de reconocerme en ese gesto, en esa imagen, en ese pelo recogido y en esa mirada al frente tan inexpresiva que no era capaz de cambiar.

Como no me encontraba no me enfoqué. Desenfocada, diluida en un espacio cerrado pero íntimo, vivía el presente. Porque la suma de las dos fotos me transmite intimidad y por cierta alusión a los símbolos: deseo de durar, perdurar, suspender el tiempo. Ese instante en el que todo es sentido porque se siente sin dudas: la armonía. Una experiencia armónica. En una habitación sola. Habitación en un quinto piso en el Raval. Ahora una intimidad extraña.

¿Por qué cuento esto?

La fotografía es un arte raro. Cuando el resto de las artes eran presas de la ‘intención del autor’ en la fotografía esta no importaba, solo importaba el objeto. Y es que el autor a lo más que podía aspirar era a desaparecer, a que su presencia resultase inadvertida para el fotografiado. La fotografía como documento ha sido la hegemónica y ha impregnado lo que socialmente se entiende como fotografía, lo que se espera de ella: memoria y realidad. Pero, como todo repertorio, muere de su propio exceso, en este caso ayudado también por los avances tecnológicos y la multiplicación de usuarios que ha constatado que esto no era necesariamente así.

Es raro reivindicar al autor cuando en todas las artes ha muerto ¿Debe la fotografía reivindicar al autor como una forma de superar la tiranía del objeto? Al fotoperiodismo parece que le funciona ¿Debe la fotografía reivindicar al receptor haciéndole dudar del objeto? A Fontcuberta parece que le funciona ¿Debe la fotografía no deber nada? ¿Se debe abandonar el sentido? Y es lo posible la verdadera respuesta. Y mi verdadera pregunta qué me funciona a mí.

Invasiones bárbaras.

Mi experiencia tras tres meses sin depilarme como una prolongación de mis cuatro años sin maquillarme –¡qué barbaridad! – y mis cerca de seis años sin pisar una peluquería.

Todo empezó en un momento en el que me apetecía probar cosas: pelo naranja, pelo azul, pelo tricolor, pelo cada vez más corto, pelo asimétrico… y de pronto el cambio fue no cambiar. Así dejé de pelarme, de hacerme nada en el pelo. A dejarlo crecer. Te acostumbras rápido. Es bastante cómodo y barato.

Yo me maquillaba todos los días. Me sentía bien así, no me costaba trabajo, era una necesidad fácil de satisfacer. Y de pronto un día en el que llegaba tarde a la universidad decidí no hacerlo. Llevaba menos de una semana en Barcelona, nadie echaría de menos que ya no me maquillase, nadie me echaría en cara un cambio tan repentino y entonces lo que fue un suceso casual se convirtió en bandera.

Hace tres meses dejé de depilarme. Total. Ya había anteriormente dejado de depilarme partes de mi cuerpo. Pero de pronto tras una noche en el que de un grupo de cuatro chicas yo era la única que se depilaba, decidí probar porque algo me debería estar yo perdiendo.

Las cejas. Siempre me acomplejaron mis cejas. Soy cejijunta a lo Frida, pero nunca lo llevé con tanta naturalidad sino que me parecía abominable. De pequeña – unos siete u ocho años – me corté las cejas con unas tijeras. Las odiaba. A esa edad tras ese suceso y con el apoyo de mi madre comencé con la Andina, a aclarar los pelitos volviéndolos rubios. No solucionó nada, los pelos seguían ahí y yo los veía y la gente los veía y yo los seguía odiando. Empecé a depilarme oficialmente (con cera) a los once o doce años. Entonces solo tenía algo de vello en las dichosas cejas y en el bigote. Seguro que mucho menos que el que recuerdo. Desde entonces hasta ahora no había dejado pasar más de una semana sin retocarme las cejas. No sabía como eran mis cejas. Lo he descubierto ahora. Me siguen pareciendo horribles pero gusta saber como son e incluso poder hablar abiertamente de ellas.

Las cejas me eran un problema sin embargo otras partes velludas de mi cuerpo nunca me lo supusieron. Nunca fui una gran aficionada a depilarme el coño. Esto durante la adolescencia me dio una extensa fama de la que me enorgullezco. Creo que siempre lo hice. No me molestan los pelos del coño, de hecho me parecen bonitos. Algo incómodos a veces, pero nada serio. Con esto quiero resaltar que el odio se focalizaba en las cejas, que no era yo una maniática de la depilación ni nada parecido. Que incluso puede ser que alguna vez le dijera a otras que dejasen de depilarse.

Otra cosa que he descubierto es cuan largos son los pelos de mi sobaco. Dios Santo, son horribles. Al principio también me parecieron incómodos. He pasado del desodorante de roll- on al de spray porque el primero se ha vuelto inutilizable –también dejé durante un tiempo de usar desodorante pero eso para otra ocasión–. Los pelos del sobaco tienen la gran ventaja de que cuando un señor te piropea por la calle levantas el brazo y nunca sabes como van a reaccionar. Caras de horror, de asco. Uno me llamó guarra. Medallas de guerra.

Lo cierto es que creo haber podido soportar este tiempo sin depilarme porque no hay muchos espejos en mi casa, tan solo en el baño. Y no he tenido que confrontarme mucho con mi propia imagen. Últimamente tengo muchas ganas de depilarme y sorprendentemente también de maquillarme. No me he depilado aún porque me digo que lo haré después de la entrega de mi maldito TFM –soy incapaz de mantener una conversación, de pensar algo, de decir algo, sin referirme a él– pero si que me he maquillado.

Alguien (masculino) compartió el otro día en Facebook esta frase “La que se maquilla siempre cuando no se maquilla esta horrorosa. La que no se maquilla nunca cuando se maquilla está guapísima.” dejando de lado todas las connotaciones que dicha afirmación sostiene, en mi caso, lo que he notado es algo más bien como: la que no se maquilla nunca cuando se maquilla tiene que dar explicaciones: “¿Te has maquillado?” “¿el maquillaje no era patriarcal y opresivo?” “¿Por qué te maquillas?” “No pareces tú” “Te maquillas fatal” “Dejas de depilarte pero ahora coges y te maquillas” entre muchas otras preguntas y afirmaciones. Y lo cierto es que el único motivo es porque me apetece. Me apetece verme distinta. Me apetece cuidarme y en este momento de mi vida cuidarme se parece más a maquillarme que a no hacerlo.

Volver sobre mis pasos pero desde un punto distinto. Es algo así lo que estoy haciendo. Un proceso dialéctico que no sé si tendrá síntesis: porque al final lo que quiero afirmar es mi capacidad. Nadie sabe lo que puede un cuerpo, esta máxima spinoziana tan manida explica mi vida: descubrir lo que puede mi cuerpo. Ahora que a veces no hace lo que quiero –sobre esto en otra ocasión– abrir todas las posibilidades. Porque la vida es posibilidad, ¡ay! La neura heideggeriana. Esto ha sido un ejercicio psicoanalítico superficial para dejar de lado TFM sin dejarlo del todo.

El verano del burkini.

Como cualquier occidental que se precie este verano he hablado, discutido y pensado sobre el dichoso burkini. Quería profundizar en el tema después de que la entrega de TFM me liberara a mí, que si que estoy oprimida (comentario occidentalista 1) pero acabo de leer el artículo El día en que Huda Shaarawi se arrancó el velo y me ha apetecido hacerlo ahora.

Hasta el momento en mi entorno quienes habían argüido eso de que el velo es machista habían sido hombres -cosa que, mi novio lo sepa o no, hace que le quite importancia- mientras que todas las mujeres tenían claro eso de que el feminismo es primariamente igualdad de ser libres -de mi entorno, del mundo se ve que no-. Porque se llega al feminismo cuando tu voluntad se encuentra con límites que razonadamente concluyes son artificiosos y además interesadamente artificiosos y entonces los ‘falsos límites’ se multiplican a tu alrededor como las cucarachas en mi casa, o lo que es peor: descubres que siempre habían estado ahí. El “estás oprimida pero no lo sabes” es como “eres un obrero pero no lo sabes” o incluso el “eres de UPYD pero no lo sabes” poco efectivo, poco atractivo, odiosamente prepotente, aunque quizás razonable.

[Aparecido en Píkara magazine]

P.D: Sigo esperando algún burkini.

Página en blanco.

“Principio de una novela, empezar el tema en cualquier parte y,
para tener ganas de terminarlo, comenzar con frases bellísimas”
Baudelaire

La diferencia entre fotografiar y escribir es la página en blanco. En la fotografía partes de todo. En la escritura partes de nada. En una tienes que eliminar lo que no importa y en la otra tienes que procurar no crearlo. Y es esta falta de costumbre ante el vacío lo que me incita a acumular datos. Acumular datos como si no hubiera mañana. Leer libros sin parar con la esperanza de que algo se dibujo solo. Que la mecánica suceda. Que surja una idea. Que diga esto es lo que buscaba. A esto quería llegar y cerrar todos los frentes. Pero no. O sí. Tengo frases bellísimas y cualquier parte por donde empezar. Así que por qué no hacerlo.

Memoria postfotográfica

Diego Collado, Data Recovery (2010 -2014)

Diego Collado Data Recovery (2010-2014)

Todo fotógrafo digital ha sufrido alguna vez la desagradable experiencia de perder sus fotografías e intentar recuperarlas, como un velado de carretes moderno pero más cruel impuesto por una inmaterialidad que a veces te permite recuperar a medias  ¿Qué es la memoria en el límite? A la fotografía siempre se le ha conferido una relación privilegiada con la memoria y de hecho la tuvo, la tiene, la mantiene. Ya no se hacen fotografías para documentar algo, sino para constatar la presencia de allí: del esto fue al he estado. Ya no se hacen fotos para tenerlas materialmente sino que la mayoría de fotos que se hacen están predestinadas al olvido. Ya no se busca un momento decisivo sino que cualquier momento es válido. Y esto no es necesariamente malo, ni nos subsume en una caverna platónica en la que la verdad está afuera. Esta es la verdad. La no trascendencia.