Se ha roto mi riñonera de cuero.

Quienes no comemos carne (y quienes hacen algo más que no comer carne) tenemos sobre nosotros la lupa de la contradicción. Poco importa si somos de los que tratamos de convencer a nuestro entorno de los beneficios personales y ecológicos de nuestra forma de vivir o si simplemente somos de los que nos limitamos a existir -sin hacer ruido- de una forma acorde a nuestro sentir y pensar: siempre habrá alguien que se acerque a nosotros preguntándonos a la defensiva “¿Por qué lo hacéis?”

Y lo hacemos por motivos archiconocidos que van desde una empatía con el mundo animal y un rechazo al maltrato de la industria cárnica, una preocupación por el medio ambiente y el malgasto de recursos naturales, pasando por la propia salud personal apostando por una nutrición más equilibrada y consciente. No es mi intención profundizar ahora en estos motivos y todos sus matices sino en la respuesta a la que siempre se acaba desembocando en el transcurso de la conversación: “Te contradices”.

Y hay muchas formas de contradecirse. Bien puede ser que asesinas mosquitos y cucarachas; que bebes coca cola; que en el improbable caso de que tu avión se estrellase en los Andes y sobrevivieras serías capaz de comerte a otros humanos por necesidad; que comes vegetales que “también son seres vivos” o que “tu riñonera es de cuero”.

A la estudiante de filosofía que tengo la particularidad de ser le sería fácil zanjar la discusión argumentando que dicha contrarréplica no es más que una falacia ad hominem que sin duda no desmonta la creencia de que el vegetarianismo o el veganismo son opciones respetables y preferibles a una alimentación estándar. Pero todos sabemos que este tipo de argumentos son de poca eficacia en el mundo real.

Desde el posmodernismo que profeso me sale gritarle al universo que la contradicción está infravalorada, que no hay mejor defensa contra el dogmatismo que pequeñas dosis de discordancia interna, que el no creerse en posesión de la verdad absoluta nos ayuda a cohabitar. También desde mi izquierdismo me sale decir que es imposible no contradecirse en un mundo capitalista globalizado donde es imposible saber de donde proceden y que conllevan los productos que tan fácilmente consumimos. Incluso desde mi misticismo tan naíf me sale parafrasear aquello de que el horizonte siempre se aleja pero nos sirve para caminar, llegaría a aceptar que el objetivo final es la ausencia de contradicción pero que mientras tanto pues habrá que ir caminando (o revisando ciertos hábitos).

Sé que este impulso irrefrenable de llamar hipócrita a quienes toman partido por algo nace de un anhelo conservador de quienes no quieren cambiar su status actual. Lo que no sé si ellos saben es que el hecho de que yo prefiera una forma de vida a otra no es necesariamente un ataque frontal a su modo de ser. Es lo que tiene la contradicción, es lo que tiene vivir la transición como un proceso y no como una revelación celestial: que conlleva una empatía. No intento convencer a nadie con argumentos racionales de que ciertas conductas son preferibles a otras -aunque a mí me convenza-; no miro con condescendencia a los que no piensan como yo pensando que están equivocados y que algún día se darán cuenta de la verdad -aunque yo la considere verdadera-; me contento con crear la experiencia de que es posible: demostrar que no necesito carne para vivir; demostrar que soy más saludable desde que cambié mis hábitos; sentirme menos copartícipe de cualquier asesinato animal; enseñarme a mí misma que mi vida es mejor así. Y hoy desprenderme con nostalgia de mi vieja riñonera de cuero que me acompaño a tantos sitios y me gustaba tanto y colocarme en la cadera la nueva que es de tela. Otra contradicción menos, de esas que no quiero que acaben nunca.

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El verano del burkini.

Como cualquier occidental que se precie este verano he hablado, discutido y pensado sobre el dichoso burkini. Quería profundizar en el tema después de que la entrega de TFM me liberara a mí, que si que estoy oprimida (comentario occidentalista 1) pero acabo de leer el artículo El día en que Huda Shaarawi se arrancó el velo y me ha apetecido hacerlo ahora.

Hasta el momento en mi entorno quienes habían argüido eso de que el velo es machista habían sido hombres -cosa que, mi novio lo sepa o no, hace que le quite importancia- mientras que todas las mujeres tenían claro eso de que el feminismo es primariamente igualdad de ser libres -de mi entorno, del mundo se ve que no-. Porque se llega al feminismo cuando tu voluntad se encuentra con límites que razonadamente concluyes son artificiosos y además interesadamente artificiosos y entonces los ‘falsos límites’ se multiplican a tu alrededor como las cucarachas en mi casa, o lo que es peor: descubres que siempre habían estado ahí. El “estás oprimida pero no lo sabes” es como “eres un obrero pero no lo sabes” o incluso el “eres de UPYD pero no lo sabes” poco efectivo, poco atractivo, odiosamente prepotente, aunque quizás razonable.

[Aparecido en Píkara magazine]

P.D: Sigo esperando algún burkini.