Noème: ça-a-été

A veces querría tener la delicadeza de los lirios al crecer
sonar como el viento meciendo hojas
ser blanca muy blanca
vestir vestidos de seda
y andar de puntillas
sobre el césped
mientras cantan pájaros dulces
y todo es azul y todo es verde
y todo es claro y suave y tierno

Otras veces querría tener el valor de cualquier queer
salir en tetas por la noche
mearme en cualquier esquina
y pintar mi piel, mi pelo, mis uñas
y gritar como gritan las bestias heridas
y rugir como rugen las fieras
que quieren vivir
y morder y atacar
y pintar paredes y conquistar ciudades
y que todo sea amarillo y negro y neón

Y ahí estoy

oscilante
entre dos realidades antagónicas
que sin embargo soy

ser
es no preocupase de quien se es
por eso a veces soy lirio
por eso a veces soy rosa
por eso pinto mi piel, mi pelo, mi carne
por eso araño y acaricio
por eso muerdo y grito y beso
por eso

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Bye Girls.

Desconozco si Girls representa a mi generación, pero a mí si me representa. Tengo tres escenas grabadas en mi memoria de verlas y pensar: esa es mi vida. Y otras tantas que pudieran serlo. El inicio del primer capítulo de la primera temporada en la que los padres le comunican que van a dejar de darle dinero y ella vive como una traición “ahora que estoy tan cerca de conseguir la vida que quiero”. La conversación entre Hannah y la compañera de clase a la que envidia en el capítulo final de la quinta temporada sobre la autocondescendencia, la flojera vital y la falta de ideas.

 

Y más reciente la conversación entre Marnie y su exmarido, con psicólogo mediando del cuarto capítulo de la sexta temporada. Qué decir.

 

Estos momentos me han punzado a un nivel personal. A nivel social se ha escrito mucho sobre los desnudos de Lehna Duhnan y recientemente sobre el tercer capítulo de la sexta temporada que trata el acoso con una sinceridad que ya quisiéramos que fuera lo habitual.

*Algo así como un spoiler

Acaba Girls y es una de esas series que va a dejar un vacío en mi vida audiovisual. Y no me ha gustado el final. Sí el embarazo, sí la decisión de tenerlo sola como manera de mostrar una maternidad diferente pero es que al final se acerca peligrosamente a algo así como una madre soltera típica. Es evidente que un hijo no es un contrato temporal pero que el amor que Hannah sea capaz de dar no (tan) egoistamente sea a su hijo no es un gran consuelo. La conclusión es algo así como que cada cual siga su camino y aunque es importante respetar el camino de los otros y el propio, aunque sea interesante argumentar que la amistad no todo lo puede y que no acaben siendo fantásticas amigas, acaban demasiado solas. Demasiado peso en un hijo que solo existe durante media hora.

Me hubiera gustado que filmasen el “parto” porque hubiera sido interesante ver un parto a lo Dunham, imagino que se alejaría de todos los tópicos visuales del parto, veáse: mujer haciendo ruiditos ridículos, enfermero limpiando el sudor de la frente con condescendencia, médico agarrando al niño y enseñándoselo a la madre diciendo un sexo y ella respondiendo con un nombre. Que horror. Había imaginado el final ahí. Un final abierto en el momento del parto. Con todas las posibilidades abiertas. Todo el espacio a la felicidad y al arrepentimiento. El hijo es el motor de un cambio que solo se nos enseña superficialmente un giro de guión demasiado grande para un final abierto.

La intimidad no descansa.

En una de las cartas de Alejandra Pizarnik a su psicoanalista León Ostrov ella le expresaba su angustia por no poder trabajar debido a otra angustia; él le respondió “Usted es de esos seres que trabajan siempre porque la intimidad no descansa”. Si lo personal es político toda mujer es de esos seres que trabajan siempre porque la intimidad no descansa nunca.

Seguía yo con la sensación de haber perdido un año de mi vida pero me he puesto a desarrollar todo lo que he aprendido sin descanso. He aprendido todas las traiciones. He aprendido lo que duele el silencio. He aprendido todas las formas físicas en las que puede afectarme la tristeza. He aprendido lo que es verse en la calle. He aprendido la amabilidad de los desconocidos. He aprendido el vacío. Nunca más querer huir y no tener a donde. Nunca más una fe tan torpe. Se ha de poder amar de otro modo y voy a aprender a hacerlo. Mi intimidad no descansa.

Invasiones bárbaras.

Mi experiencia tras tres meses sin depilarme como una prolongación de mis cuatro años sin maquillarme –¡qué barbaridad! – y mis cerca de seis años sin pisar una peluquería.

Todo empezó en un momento en el que me apetecía probar cosas: pelo naranja, pelo azul, pelo tricolor, pelo cada vez más corto, pelo asimétrico… y de pronto el cambio fue no cambiar. Así dejé de pelarme, de hacerme nada en el pelo. A dejarlo crecer. Te acostumbras rápido. Es bastante cómodo y barato.

Yo me maquillaba todos los días. Me sentía bien así, no me costaba trabajo, era una necesidad fácil de satisfacer. Y de pronto un día en el que llegaba tarde a la universidad decidí no hacerlo. Llevaba menos de una semana en Barcelona, nadie echaría de menos que ya no me maquillase, nadie me echaría en cara un cambio tan repentino y entonces lo que fue un suceso casual se convirtió en bandera.

Hace tres meses dejé de depilarme. Total. Ya había anteriormente dejado de depilarme partes de mi cuerpo. Pero de pronto tras una noche en el que de un grupo de cuatro chicas yo era la única que se depilaba, decidí probar porque algo me debería estar yo perdiendo.

Las cejas. Siempre me acomplejaron mis cejas. Soy cejijunta a lo Frida, pero nunca lo llevé con tanta naturalidad sino que me parecía abominable. De pequeña – unos siete u ocho años – me corté las cejas con unas tijeras. Las odiaba. A esa edad tras ese suceso y con el apoyo de mi madre comencé con la Andina, a aclarar los pelitos volviéndolos rubios. No solucionó nada, los pelos seguían ahí y yo los veía y la gente los veía y yo los seguía odiando. Empecé a depilarme oficialmente (con cera) a los once o doce años. Entonces solo tenía algo de vello en las dichosas cejas y en el bigote. Seguro que mucho menos que el que recuerdo. Desde entonces hasta ahora no había dejado pasar más de una semana sin retocarme las cejas. No sabía como eran mis cejas. Lo he descubierto ahora. Me siguen pareciendo horribles pero gusta saber como son e incluso poder hablar abiertamente de ellas.

Las cejas me eran un problema sin embargo otras partes velludas de mi cuerpo nunca me lo supusieron. Nunca fui una gran aficionada a depilarme el coño. Esto durante la adolescencia me dio una extensa fama de la que me enorgullezco. Creo que siempre lo hice. No me molestan los pelos del coño, de hecho me parecen bonitos. Algo incómodos a veces, pero nada serio. Con esto quiero resaltar que el odio se focalizaba en las cejas, que no era yo una maniática de la depilación ni nada parecido. Que incluso puede ser que alguna vez le dijera a otras que dejasen de depilarse.

Otra cosa que he descubierto es cuan largos son los pelos de mi sobaco. Dios Santo, son horribles. Al principio también me parecieron incómodos. He pasado del desodorante de roll- on al de spray porque el primero se ha vuelto inutilizable –también dejé durante un tiempo de usar desodorante pero eso para otra ocasión–. Los pelos del sobaco tienen la gran ventaja de que cuando un señor te piropea por la calle levantas el brazo y nunca sabes como van a reaccionar. Caras de horror, de asco. Uno me llamó guarra. Medallas de guerra.

Lo cierto es que creo haber podido soportar este tiempo sin depilarme porque no hay muchos espejos en mi casa, tan solo en el baño. Y no he tenido que confrontarme mucho con mi propia imagen. Últimamente tengo muchas ganas de depilarme y sorprendentemente también de maquillarme. No me he depilado aún porque me digo que lo haré después de la entrega de mi maldito TFM –soy incapaz de mantener una conversación, de pensar algo, de decir algo, sin referirme a él– pero si que me he maquillado.

Alguien (masculino) compartió el otro día en Facebook esta frase “La que se maquilla siempre cuando no se maquilla esta horrorosa. La que no se maquilla nunca cuando se maquilla está guapísima.” dejando de lado todas las connotaciones que dicha afirmación sostiene, en mi caso, lo que he notado es algo más bien como: la que no se maquilla nunca cuando se maquilla tiene que dar explicaciones: “¿Te has maquillado?” “¿el maquillaje no era patriarcal y opresivo?” “¿Por qué te maquillas?” “No pareces tú” “Te maquillas fatal” “Dejas de depilarte pero ahora coges y te maquillas” entre muchas otras preguntas y afirmaciones. Y lo cierto es que el único motivo es porque me apetece. Me apetece verme distinta. Me apetece cuidarme y en este momento de mi vida cuidarme se parece más a maquillarme que a no hacerlo.

Volver sobre mis pasos pero desde un punto distinto. Es algo así lo que estoy haciendo. Un proceso dialéctico que no sé si tendrá síntesis: porque al final lo que quiero afirmar es mi capacidad. Nadie sabe lo que puede un cuerpo, esta máxima spinoziana tan manida explica mi vida: descubrir lo que puede mi cuerpo. Ahora que a veces no hace lo que quiero –sobre esto en otra ocasión– abrir todas las posibilidades. Porque la vida es posibilidad, ¡ay! La neura heideggeriana. Esto ha sido un ejercicio psicoanalítico superficial para dejar de lado TFM sin dejarlo del todo.

El verano del burkini.

Como cualquier occidental que se precie este verano he hablado, discutido y pensado sobre el dichoso burkini. Quería profundizar en el tema después de que la entrega de TFM me liberara a mí, que si que estoy oprimida (comentario occidentalista 1) pero acabo de leer el artículo El día en que Huda Shaarawi se arrancó el velo y me ha apetecido hacerlo ahora.

Hasta el momento en mi entorno quienes habían argüido eso de que el velo es machista habían sido hombres -cosa que, mi novio lo sepa o no, hace que le quite importancia- mientras que todas las mujeres tenían claro eso de que el feminismo es primariamente igualdad de ser libres -de mi entorno, del mundo se ve que no-. Porque se llega al feminismo cuando tu voluntad se encuentra con límites que razonadamente concluyes son artificiosos y además interesadamente artificiosos y entonces los ‘falsos límites’ se multiplican a tu alrededor como las cucarachas en mi casa, o lo que es peor: descubres que siempre habían estado ahí. El “estás oprimida pero no lo sabes” es como “eres un obrero pero no lo sabes” o incluso el “eres de UPYD pero no lo sabes” poco efectivo, poco atractivo, odiosamente prepotente, aunque quizás razonable.

[Aparecido en Píkara magazine]

P.D: Sigo esperando algún burkini.