Bye Girls.

Desconozco si Girls representa a mi generación, pero a mí si me representa. Tengo tres escenas grabadas en mi memoria de verlas y pensar: esa es mi vida. Y otras tantas que pudieran serlo. El inicio del primer capítulo de la primera temporada en la que los padres le comunican que van a dejar de darle dinero y ella vive como una traición “ahora que estoy tan cerca de conseguir la vida que quiero”. La conversación entre Hannah y la compañera de clase a la que envidia en el capítulo final de la quinta temporada sobre la autocondescendencia, la flojera vital y la falta de ideas.

 

Y más reciente la conversación entre Marnie y su exmarido, con psicólogo mediando del cuarto capítulo de la sexta temporada. Qué decir.

 

Estos momentos me han punzado a un nivel personal. A nivel social se ha escrito mucho sobre los desnudos de Lehna Duhnan y recientemente sobre el tercer capítulo de la sexta temporada que trata el acoso con una sinceridad que ya quisiéramos que fuera lo habitual.

*Algo así como un spoiler

Acaba Girls y es una de esas series que va a dejar un vacío en mi vida audiovisual. Y no me ha gustado el final. Sí el embarazo, sí la decisión de tenerlo sola como manera de mostrar una maternidad diferente pero es que al final se acerca peligrosamente a algo así como una madre soltera típica. Es evidente que un hijo no es un contrato temporal pero que el amor que Hannah sea capaz de dar no (tan) egoistamente sea a su hijo no es un gran consuelo. La conclusión es algo así como que cada cual siga su camino y aunque es importante respetar el camino de los otros y el propio, aunque sea interesante argumentar que la amistad no todo lo puede y que no acaben siendo fantásticas amigas, acaban demasiado solas. Demasiado peso en un hijo que solo existe durante media hora.

Me hubiera gustado que filmasen el “parto” porque hubiera sido interesante ver un parto a lo Dunham, imagino que se alejaría de todos los tópicos visuales del parto, veáse: mujer haciendo ruiditos ridículos, enfermero limpiando el sudor de la frente con condescendencia, médico agarrando al niño y enseñándoselo a la madre diciendo un sexo y ella respondiendo con un nombre. Que horror. Había imaginado el final ahí. Un final abierto en el momento del parto. Con todas las posibilidades abiertas. Todo el espacio a la felicidad y al arrepentimiento. El hijo es el motor de un cambio que solo se nos enseña superficialmente un giro de guión demasiado grande para un final abierto.

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