Actualizar repertorio.

Llevo años en lo que pudiera llamarse una crisis creativa. He colgado la cámara, temporalmente –me digo– pero el tiempo se hace largo, ya casi termina. De las pocas fotos que me gustan de las hechas en este periodo destaco dos. Sé que funcionan bien juntas. Una es yo desenfocada en colores pastel, primer plano, ojos cerrados. La otra un cable doblado sobre sí pudiendo parecer un símbolo ‘infinito’.

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Al publicarlas la gente habló de pictorialismo, de minimalismo, criticaron la técnica, observaron que mi cámara de alta gama presupone un estilo y yo voy y hago eso.

¿Por qué hice eso?

Las fotos las hice después de hacerme la fotografía que mandaría al señor que hacía las orlas de final de carrera para que recortara mi cabeza y la pegara en otro cuerpo. Un cutremontaje con el que no sabía si estar muy de acuerdo. Digo cutremontaje porque por las condiciones que me puso el señor –pelo recogido que no se acercara ni al cuello ni a los hombros, mirada al frente, sin puntualizar nada relativo a la luz– sabía que de ahí iba a salir algo extraño, ajeno, que yo hubiera podido hacer mejor. Cada vez que veo la orla colgada en el salón de mi madre recuerdo ese momento. Me molesto en buscar de quien me habían puesto el cuerpo, la encuentro, sí, tengo sus verrugas del cuello. Me sentí incómoda haciéndome esa foto, su recuerdo no era para mí. Me hice la orla por conservar en cierto modo a mis compañeros de clase, pero sobretodo para alegrar a mi madre. No es que la fotografía hubiera sido más ‘verdadera’ si me la hubiera hecho presencialmente, yo estaba en esa clase, es que me pusiera como me pusiera era incapaz de reconocerme en ese gesto, en esa imagen, en ese pelo recogido y en esa mirada al frente tan inexpresiva que no era capaz de cambiar.

Como no me encontraba no me enfoqué. Desenfocada, diluida en un espacio cerrado pero íntimo, vivía el presente. Porque la suma de las dos fotos me transmite intimidad y por cierta alusión a los símbolos: deseo de durar, perdurar, suspender el tiempo. Ese instante en el que todo es sentido porque se siente sin dudas: la armonía. Una experiencia armónica. En una habitación sola. Habitación en un quinto piso en el Raval. Ahora una intimidad extraña.

¿Por qué cuento esto?

La fotografía es un arte raro. Cuando el resto de las artes eran presas de la ‘intención del autor’ en la fotografía esta no importaba, solo importaba el objeto. Y es que el autor a lo más que podía aspirar era a desaparecer, a que su presencia resultase inadvertida para el fotografiado. La fotografía como documento ha sido la hegemónica y ha impregnado lo que socialmente se entiende como fotografía, lo que se espera de ella: memoria y realidad. Pero, como todo repertorio, muere de su propio exceso, en este caso ayudado también por los avances tecnológicos y la multiplicación de usuarios que ha constatado que esto no era necesariamente así.

Es raro reivindicar al autor cuando en todas las artes ha muerto ¿Debe la fotografía reivindicar al autor como una forma de superar la tiranía del objeto? Al fotoperiodismo parece que le funciona ¿Debe la fotografía reivindicar al receptor haciéndole dudar del objeto? A Fontcuberta parece que le funciona ¿Debe la fotografía no deber nada? ¿Se debe abandonar el sentido? Y es lo posible la verdadera respuesta. Y mi verdadera pregunta qué me funciona a mí.

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Vivre sa vie.

Hace cuatro años vi por primera vez Vivir su vida (1962) de Godard, desde entonces se ha convertido en una de esas películas a las que vuelvo cada cierto tiempo, casualmente todos los años desde hace cuatro años por estas fechas. Porque desde hace cuatro años intento vivir mi vida, porque Vivir su vida trata sobre la libertad y la libertad es sentirte responsable de tus acciones, sean cuales sean, ya sea mover la mano, girar la cabeza o dedicarte a la prostitución. Porque en nuestro mundo ser responsable de tus acciones se parece mucho a tener dinero para decidir.

Como todas las películas, todos los libros o todo producto cultural que acompaña a uno durante su vida, cada vez que se recurre a él asombra algo distinto, punza en otro sitio. Esta vez me obsesiona esta escena, en la que una amiga le cuenta a Nana (Anna Karina) que ejerce la prostitución. Nana le contesta que eso no es muy alegre y la amiga le dice que ella no es la responsable, entonces Nana le dice que uno siempre es responsable, algo así como una versión práctica de la máxima sartreana: “el hombre está condenado a ser libre”.

Nana supo en esa memorable escena -sigue siendo mi favorita del film- en la que va al cine y su rostro se confronta con el rostro de Juana de La pasión de Juana de Arco (1928) de Dreyer que la gran victoria sería su martirio, la liberación la muerte.

Lo supo antes de su reflexión sobre la responsabilidad y la libertad. Lo supo incluso antes de haberse sentido otra persona por haberse visto obligada a intentar robar.

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No sentirse responsable no libera, entumece. Nana encontró la libertad en la prostitución. Encontró ahí su vida. Dejó a su marido y a su hijo. Dejó sus sueños. Y se encontró. Vivió su vida, que no era ni la que debía ser ni la que ella quiso. Simplemente era suya, toda suya, absolutamente responsable, absolutamente libre.

No estamos condenados a ser libres como pensó Sartre, la existencia nos demuestra otra cosa: estamos condenados a ser libres en parte, a partes, nunca del todo. Aunque el hombre sea lo que hace con lo que hicieron de él es tan difícil saber donde acaba una influencia, es tan difícil llegar a sentirse responsable, es tan difícil llegar a ser libre, –sí, equiparo sentir a ser, en esto no soy sartreana–. Vivir la vida, propia, es vivir la libertad y la libertad es carne. La libertad se parece poco a los sueños, poco al superyó. Demasiado a la capacidad.

Voy, de nuevo, a intentar vivir mi vida. Sea lo que sea, mía. Me lleve a donde me lleve, mía. A sentirme responsable de todos mis actos sean lo que sean. Después de todo, todo es bello.

Esto no es una reseña, lo he vomitado desde el corazón.

 

Invasiones bárbaras.

Mi experiencia tras tres meses sin depilarme como una prolongación de mis cuatro años sin maquillarme –¡qué barbaridad! – y mis cerca de seis años sin pisar una peluquería.

Todo empezó en un momento en el que me apetecía probar cosas: pelo naranja, pelo azul, pelo tricolor, pelo cada vez más corto, pelo asimétrico… y de pronto el cambio fue no cambiar. Así dejé de pelarme, de hacerme nada en el pelo. A dejarlo crecer. Te acostumbras rápido. Es bastante cómodo y barato.

Yo me maquillaba todos los días. Me sentía bien así, no me costaba trabajo, era una necesidad fácil de satisfacer. Y de pronto un día en el que llegaba tarde a la universidad decidí no hacerlo. Llevaba menos de una semana en Barcelona, nadie echaría de menos que ya no me maquillase, nadie me echaría en cara un cambio tan repentino y entonces lo que fue un suceso casual se convirtió en bandera.

Hace tres meses dejé de depilarme. Total. Ya había anteriormente dejado de depilarme partes de mi cuerpo. Pero de pronto tras una noche en el que de un grupo de cuatro chicas yo era la única que se depilaba, decidí probar porque algo me debería estar yo perdiendo.

Las cejas. Siempre me acomplejaron mis cejas. Soy cejijunta a lo Frida, pero nunca lo llevé con tanta naturalidad sino que me parecía abominable. De pequeña – unos siete u ocho años – me corté las cejas con unas tijeras. Las odiaba. A esa edad tras ese suceso y con el apoyo de mi madre comencé con la Andina, a aclarar los pelitos volviéndolos rubios. No solucionó nada, los pelos seguían ahí y yo los veía y la gente los veía y yo los seguía odiando. Empecé a depilarme oficialmente (con cera) a los once o doce años. Entonces solo tenía algo de vello en las dichosas cejas y en el bigote. Seguro que mucho menos que el que recuerdo. Desde entonces hasta ahora no había dejado pasar más de una semana sin retocarme las cejas. No sabía como eran mis cejas. Lo he descubierto ahora. Me siguen pareciendo horribles pero gusta saber como son e incluso poder hablar abiertamente de ellas.

Las cejas me eran un problema sin embargo otras partes velludas de mi cuerpo nunca me lo supusieron. Nunca fui una gran aficionada a depilarme el coño. Esto durante la adolescencia me dio una extensa fama de la que me enorgullezco. Creo que siempre lo hice. No me molestan los pelos del coño, de hecho me parecen bonitos. Algo incómodos a veces, pero nada serio. Con esto quiero resaltar que el odio se focalizaba en las cejas, que no era yo una maniática de la depilación ni nada parecido. Que incluso puede ser que alguna vez le dijera a otras que dejasen de depilarse.

Otra cosa que he descubierto es cuan largos son los pelos de mi sobaco. Dios Santo, son horribles. Al principio también me parecieron incómodos. He pasado del desodorante de roll- on al de spray porque el primero se ha vuelto inutilizable –también dejé durante un tiempo de usar desodorante pero eso para otra ocasión–. Los pelos del sobaco tienen la gran ventaja de que cuando un señor te piropea por la calle levantas el brazo y nunca sabes como van a reaccionar. Caras de horror, de asco. Uno me llamó guarra. Medallas de guerra.

Lo cierto es que creo haber podido soportar este tiempo sin depilarme porque no hay muchos espejos en mi casa, tan solo en el baño. Y no he tenido que confrontarme mucho con mi propia imagen. Últimamente tengo muchas ganas de depilarme y sorprendentemente también de maquillarme. No me he depilado aún porque me digo que lo haré después de la entrega de mi maldito TFM –soy incapaz de mantener una conversación, de pensar algo, de decir algo, sin referirme a él– pero si que me he maquillado.

Alguien (masculino) compartió el otro día en Facebook esta frase “La que se maquilla siempre cuando no se maquilla esta horrorosa. La que no se maquilla nunca cuando se maquilla está guapísima.” dejando de lado todas las connotaciones que dicha afirmación sostiene, en mi caso, lo que he notado es algo más bien como: la que no se maquilla nunca cuando se maquilla tiene que dar explicaciones: “¿Te has maquillado?” “¿el maquillaje no era patriarcal y opresivo?” “¿Por qué te maquillas?” “No pareces tú” “Te maquillas fatal” “Dejas de depilarte pero ahora coges y te maquillas” entre muchas otras preguntas y afirmaciones. Y lo cierto es que el único motivo es porque me apetece. Me apetece verme distinta. Me apetece cuidarme y en este momento de mi vida cuidarme se parece más a maquillarme que a no hacerlo.

Volver sobre mis pasos pero desde un punto distinto. Es algo así lo que estoy haciendo. Un proceso dialéctico que no sé si tendrá síntesis: porque al final lo que quiero afirmar es mi capacidad. Nadie sabe lo que puede un cuerpo, esta máxima spinoziana tan manida explica mi vida: descubrir lo que puede mi cuerpo. Ahora que a veces no hace lo que quiero –sobre esto en otra ocasión– abrir todas las posibilidades. Porque la vida es posibilidad, ¡ay! La neura heideggeriana. Esto ha sido un ejercicio psicoanalítico superficial para dejar de lado TFM sin dejarlo del todo.