Noème: ça-a-été

A veces querría tener la delicadeza de los lirios al crecer
sonar como el viento meciendo hojas
ser blanca muy blanca
vestir vestidos de seda
y andar de puntillas
sobre el césped
mientras cantan pájaros dulces
y todo es azul y todo es verde
y todo es claro y suave y tierno

Otras veces querría tener el valor de cualquier queer
salir en tetas por la noche
mearme en cualquier esquina
y pintar mi piel, mi pelo, mis uñas
y gritar como gritan las bestias heridas
y rugir como rugen las fieras
que quieren vivir
y morder y atacar
y pintar paredes y conquistar ciudades
y que todo sea amarillo y negro y neón

Y ahí estoy

oscilante
entre dos realidades antagónicas
que sin embargo soy

ser
es no preocupase de quien se es
por eso a veces soy lirio
por eso a veces soy rosa
por eso pinto mi piel, mi pelo, mi carne
por eso araño y acaricio
por eso muerdo y grito y beso
por eso

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Proyectos fallidos: placer y goce.

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He encontrado una vieja caja que guarda los restos de mi breve incursión en la fotografía química. Hay negativos de mi infancia que pedí por casa y nunca llegué a positivar; también el único negativo que he revelado en toda mi vida con algunas fotos de finales de 2011 y algunas otras de principios de 2012 pero sobretodo huecos en blanco de película no expuesta. Hay positivados de ese carrete en los que apenas se distingue nada aunque yo sé que son Ana Suanes tomándome fotos con mi cutre Olympus digital y el árbol de mi ventana de aquella casa en los Bermejales que tan en la puñeta estaba de todo. Hay positivos de un carrete que no fotografié yo en el que los blancos no son blancos y lo más nítido que aparece son las huellas de mis dedos por tocar directamente el papel para sacarlo de no recuerdo qué líquido. Y también hay un par de carretes de polaroids que compré caducados y que solo fueron capaces de dar una imagen verdosa y difusa de lo que quiera que yo fotografiase, indicios de realidad pero no iconos. De estos intentos fallidos con lo químico salieron otras cosas que yo no esperé: un autorretrato digital en el que me tapaba los ojos con una tira de negativos; un retrato en el que comparaba el color verdoso liso de una de estas películas de polaroids caducadas con los ojos de quien la sujetaba a la altura de su cara; y una serie de ilustraciones torpes que tomaban como base las líneas que se intuían de esas emulsiones a medias.

Hay dos nostalgias que se mezclan en mí mirando las fotos de esta caja. De una parte el apego a aquel año con todos sus paisajes y personas del que estas imágenes son una parte ínfima y que tan rápido pasó y que significó tanto; de otra parte la añoranza del juego, cuando solo se trataba de probar por probar, cuando daba igual si las fotos salían o no porque siempre salía algo y con eso bastaba, cuando no había ni proyectos ni guiones ni referencias ni resultados ni maestros, solo un lenguaje y yo intentando aprender ese lenguaje sin nunca llegar a hacerlo. Cada tiempo tiene su paisaje y hoy todo es más consciente, menos torpe, más pesado, pero los auténticos momentos de goce siguen siendo aquellos en los que la espontaneidad lo inunda todo, en los que nada importa nada y solo hay fragmentos. El placer de la obra es un placer distinto al goce, más grave, más estanco, más definitivo ¿más ajeno?

Se ha roto mi riñonera de cuero.

Quienes no comemos carne (y quienes hacen algo más que no comer carne) tenemos sobre nosotros la lupa de la contradicción. Poco importa si somos de los que tratamos de convencer a nuestro entorno de los beneficios personales y ecológicos de nuestra forma de vivir o si simplemente somos de los que nos limitamos a existir -sin hacer ruido- de una forma acorde a nuestro sentir y pensar: siempre habrá alguien que se acerque a nosotros preguntándonos a la defensiva “¿Por qué lo hacéis?”

Y lo hacemos por motivos archiconocidos que van desde una empatía con el mundo animal y un rechazo al maltrato de la industria cárnica, una preocupación por el medio ambiente y el malgasto de recursos naturales, pasando por la propia salud personal apostando por una nutrición más equilibrada y consciente. No es mi intención profundizar ahora en estos motivos y todos sus matices sino en la respuesta a la que siempre se acaba desembocando en el transcurso de la conversación: “Te contradices”.

Y hay muchas formas de contradecirse. Bien puede ser que asesinas mosquitos y cucarachas; que bebes coca cola; que en el improbable caso de que tu avión se estrellase en los Andes y sobrevivieras serías capaz de comerte a otros humanos por necesidad; que comes vegetales que “también son seres vivos” o que “tu riñonera es de cuero”.

A la estudiante de filosofía que tengo la particularidad de ser le sería fácil zanjar la discusión argumentando que dicha contrarréplica no es más que una falacia ad hominem que sin duda no desmonta la creencia de que el vegetarianismo o el veganismo son opciones respetables y preferibles a una alimentación estándar. Pero todos sabemos que este tipo de argumentos son de poca eficacia en el mundo real.

Desde el posmodernismo que profeso me sale gritarle al universo que la contradicción está infravalorada, que no hay mejor defensa contra el dogmatismo que pequeñas dosis de discordancia interna, que el no creerse en posesión de la verdad absoluta nos ayuda a cohabitar. También desde mi izquierdismo me sale decir que es imposible no contradecirse en un mundo capitalista globalizado donde es imposible saber de donde proceden y que conllevan los productos que tan fácilmente consumimos. Incluso desde mi misticismo tan naíf me sale parafrasear aquello de que el horizonte siempre se aleja pero nos sirve para caminar, llegaría a aceptar que el objetivo final es la ausencia de contradicción pero que mientras tanto pues habrá que ir caminando (o revisando ciertos hábitos).

Sé que este impulso irrefrenable de llamar hipócrita a quienes toman partido por algo nace de un anhelo conservador de quienes no quieren cambiar su status actual. Lo que no sé si ellos saben es que el hecho de que yo prefiera una forma de vida a otra no es necesariamente un ataque frontal a su modo de ser. Es lo que tiene la contradicción, es lo que tiene vivir la transición como un proceso y no como una revelación celestial: que conlleva una empatía. No intento convencer a nadie con argumentos racionales de que ciertas conductas son preferibles a otras -aunque a mí me convenza-; no miro con condescendencia a los que no piensan como yo pensando que están equivocados y que algún día se darán cuenta de la verdad -aunque yo la considere verdadera-; me contento con crear la experiencia de que es posible: demostrar que no necesito carne para vivir; demostrar que soy más saludable desde que cambié mis hábitos; sentirme menos copartícipe de cualquier asesinato animal; enseñarme a mí misma que mi vida es mejor así. Y hoy desprenderme con nostalgia de mi vieja riñonera de cuero que me acompaño a tantos sitios y me gustaba tanto y colocarme en la cadera la nueva que es de tela. Otra contradicción menos, de esas que no quiero que acaben nunca.

El rollo buddhism.

“¿Será el aburrimiento mi histeria?”
Roland Barthes

 

Hace tiempo que la ansiedad me acompaña. Los que somatizamos tan bien nos hemos encontrado en demasiadas ocasiones con personas que ponen en cuestión nuestros síntomas. A veces con las mejores intenciones “No tienes nada, deja de preocuparte”; otras con un paternalismo extraño “Es psicológico, lo único que tienes que hacer es relajarte” y otras con hartazgo “Deja de poner excusas, si no sales de casa es porque no te da la gana”. Y así el miedo a afrontar nuestra vida se mezcla con la puesta en duda que nos lleva a ponernos aún más en duda a nosotros mismos en esa espiral tan infinita. Me asombra descubrir que esta actitud ha sido una constante. Leo a Freud escribir “Mis histéricas me mienten” y pienso en todas las veces que alguien pensó que yo mentía al hablar de mi malestar, al hablar de mis mareos y desmayos, de la falta de aire o de como se me acelera el corazón en momentos random. “Tú estás bien” que me lo repitas no lo hace más cierto. Es tan difícil conseguir que la ansiedad no entorpezca tu día a día, es tan difícil modificar tu estructura psíquica para lograr que la ansiedad no vuelva que la superioridad con la que algunos reducen tus problemas duele. La ansiedad nunca es aburrimiento querido Barthes, pero cuando te aburres la rumiación es más fuerte. La guerra a la rumiación me llevó a practicar meditación y lo cierto es que me funciona. No se trata como algunos creen de poner la mente en blanco sino más bien de concentrar la mente en el propio cuerpo. Respirar. La práctica de la meditación me ayudó a dejarme llevar y así fue como acabé hace una semana probando eso de la acupuntura, el cupping y algo cuya existencia desconocía llamado auriculoterapia. Un lío. Mi escepticismo inicial dejó paso al dolor de una espalda llena de moratones y una oreja dolorida. El masaje con el que comenzamos hubiera sido suficiente para mí. Pero ¿sabéis? Nadie me puso en duda. La solución a mi problema sigue siendo mental no unas semillas en mi oreja ni unas agujas en mi espalda pero entendí por qué la gente recurre a estas prácticas: el contacto de quien lo ejerce y la conciencia del propio cuerpo. El cupping ha conseguido que ande recta una semana principalmente porque doblar la espalda me producía dolor, quizás ha conseguido de una forma más efectiva que cualquier meditación centrar mi pensamiento en mi cuerpo y no rumiar. No tengo la intención de repetir la experiencia pero a veces las cosas más inesperadas te aportan algo.

El placer de los autores.

Me fascinan sus autores y a su vez creo en su muerte. Pienso mientras sigo leyendo a Roland Barthes, autor que se ha convertido en el centro de mi trabajo final de máster. Siempre me han fascinado los autores. No lo he podido ni querido evitar. Cuando leo un libro que me gusta me leo todos los que puedo del mismo autor. El primero fue Jostein Gaarder, en mi temprana adolescencia, después de La joven de las naranjas, vinieron El mundo de Sofía, El misterio del solitario, Maya y Jaque Mate. Luego fue Milan Kundera que después de La insoportable levedad del ser vinieron La inmortalidad y La ignorancia. Luego Alejandra Pizarnik: Obras completas, Diarios, Cartas al psicoanalista…  Y qué decir del cine. Mi obsesión por Ingmar Bergman. Lo mucho que me gustan Éric Rohmer, Theo Angelopoulos o Paolo Sorrentino… Lo mucho que me decepciona la desigual obra de un director como François Ozon…

Me es mucho más fácil elegir un director favorito que una película favorita porque es el estilo lo que me engancha. Estilo, esto que según Barthes forma parte de la mitología personal y por ende es en buena medida “natural”, inconsciente, involuntario; como la lengua es el horizonte dado (no se escoge) el estilo es el ámbito de la posibilidad dada (se configura pero no se escoge). La escritura es el único lugar del compromiso. El estilo se actualiza en la escritura. Se hace hecho.

Pienso en el esquema inestético de Alain Badiou y la forma en la que argumenta el arte se relaciona con la verdad. Para Badiou la verdad es un procedimiento que nace de un acontecimiento. El suceso es un acontecimiento inesperado e improbable que demuestra que la situación anterior no era cierta. La verdad como algo nunca totalizable ni alcanzable. Badiou no ubica la verdad en la obra artística, una obra no es un acontecimiento, es un hecho que va conformando el procedimiento artístico que es capaz de verdad en sí. La verdad está en ese procedimiento y no en la obra. La obra actualiza localmente la verdad ¿Y no es esta verdad lo que Barthes entiende como estilo?

¿Dónde está la verdad en el estilo o en la escritura? ¿Dónde el compromiso? La muerte del autor es el nacimiento del lector y sin embargo además del placer del texto existe el placer del autor, el placer del estilo cuando es auténtico.

Bye Girls.

Desconozco si Girls representa a mi generación, pero a mí si me representa. Tengo tres escenas grabadas en mi memoria de verlas y pensar: esa es mi vida. Y otras tantas que pudieran serlo. El inicio del primer capítulo de la primera temporada en la que los padres le comunican que van a dejar de darle dinero y ella vive como una traición “ahora que estoy tan cerca de conseguir la vida que quiero”. La conversación entre Hannah y la compañera de clase a la que envidia en el capítulo final de la quinta temporada sobre la autocondescendencia, la flojera vital y la falta de ideas.

 

Y más reciente la conversación entre Marnie y su exmarido, con psicólogo mediando del cuarto capítulo de la sexta temporada. Qué decir.

 

Estos momentos me han punzado a un nivel personal. A nivel social se ha escrito mucho sobre los desnudos de Lehna Duhnan y recientemente sobre el tercer capítulo de la sexta temporada que trata el acoso con una sinceridad que ya quisiéramos que fuera lo habitual.

*Algo así como un spoiler

Acaba Girls y es una de esas series que va a dejar un vacío en mi vida audiovisual. Y no me ha gustado el final. Sí el embarazo, sí la decisión de tenerlo sola como manera de mostrar una maternidad diferente pero es que al final se acerca peligrosamente a algo así como una madre soltera típica. Es evidente que un hijo no es un contrato temporal pero que el amor que Hannah sea capaz de dar no (tan) egoistamente sea a su hijo no es un gran consuelo. La conclusión es algo así como que cada cual siga su camino y aunque es importante respetar el camino de los otros y el propio, aunque sea interesante argumentar que la amistad no todo lo puede y que no acaben siendo fantásticas amigas, acaban demasiado solas. Demasiado peso en un hijo que solo existe durante media hora.

Me hubiera gustado que filmasen el “parto” porque hubiera sido interesante ver un parto a lo Dunham, imagino que se alejaría de todos los tópicos visuales del parto, veáse: mujer haciendo ruiditos ridículos, enfermero limpiando el sudor de la frente con condescendencia, médico agarrando al niño y enseñándoselo a la madre diciendo un sexo y ella respondiendo con un nombre. Que horror. Había imaginado el final ahí. Un final abierto en el momento del parto. Con todas las posibilidades abiertas. Todo el espacio a la felicidad y al arrepentimiento. El hijo es el motor de un cambio que solo se nos enseña superficialmente un giro de guión demasiado grande para un final abierto.