Biografía del hambre

Algo que escribí hace unos meses a raíz de una pregunta en el club de lectura #loslibrosdeluna

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Mi madre me obligaba a comer. Es el recuerdo más nítido de mi infancia, pero sobretodo es el recuerdo más constante y repetido. Yo tiraba la comida por el fregadero cuando ella, cansada de esperar a que comiera, se iba de la cocina. Si la comida no entraba por el desagüe usaba el viejo truco de esconder pequeños trozos en servilletas y tirarlas a la basura. Podía pasar horas sentada delante de un plato, mirándolo fijamente deseando que desapareciera. Mi madre podía pasar horas mirándome a mí, pensando quisiera saber qué cosa. Podía estar días sin comer.
No solo tiraba la comida en casa, también lo hacía en el patio del recreo de aquel colegio femenino ceutí al que iba, jugaba con los batidos y zumos que mi madre me daba tirándolos al aire y haciendo “malabares” con ellos con el deseo de que se me cayeran al suelo y explotasen. Los bocadillos los regalaba a compañeras que los aceptaban gustosas, o bien acababan en la basura.

No logro saber por qué no comía ¿Llamar la atención de mamá? Es posible. A ella lo que más le ha preocupado siempre ha sido la comida: hará unos ocho años le diagnosticaron bulimia y en eso sigue. No recuerdo haber olido a vómito en mi infancia, no recuerdo haber rechazado mi cuerpo en mi infancia. Recuerdo pensar que la comida no me gustaba. Recuerdo pedir que todo me lo hicieran puré para poder mezclarlo con toneladas de sal y así disimular el sabor. Adoro la sal, adoraba la sal, un día descubrí que tenía la tensión baja: mi cuerpo necesitaba la sal, era lo único que de verdad me pedía.

Comer era una obligación, comer era un castigo. Recuerdo un día en el que mi madre le tiró un plato de lentejas a mi hermano sobre la cabeza porque no quería comérselo. Pienso en la escena a día de hoy y me resulta desproporcionada: le volcó un plato entero de lentejas calientes sobre la cabeza. Todo lleno de lentejas, la cara de tristeza de mi hermano… Sentí miedo de que hiciera algo así conmigo pero nunca lo hizo. Conmigo no era tan severa. A mí me castigaba con desayunar, comer, merendar y cenar el mismo plato que yo hubiera rechazado. Sabía que que tras uno o dos días ella acabaría cediendo y cambiándome aquello por alguna cosa frita que yo pudiera mojar en ketchup que era lo que me gustaba de verdad.

He tenido problemas de anorexia, posiblemente lo que estoy describiendo ahora sea algo así como un ejemplo de anorexia infantil. He pasado temporadas sin comer no porque me vea gorda o quiera adelgazar sino porque la comida me produce ansiedad. En momentos de estrés se me cierra completamente el estómago y no puedo evitar pensar que cualquier cosa que coma me sentará mal. La última recaída fue este verano, la última pero la primera en la que utilizaron “anorexia nerviosa” para definir lo que me pasaba. Sé que lo que he sentido en los últimos tiempos no es lo mismo que sentía cuando era chica: ahora puedo identificar causas y enfrentarme a ellas, pero sé que si mi ansiedad me afecta de esta forma de algún modo era algo que ya se podía anticipar en mi infancia.

A día de hoy siento que me estoy reconciliando, no solo con la comida, sino sobretodo conmigo misma y con mi madre. Dejar de comer carne, llevar una alimentación más consciente, esforzarme en pensar que la comida puede hacerme sentir bien, llegar a disfrutar comiendo, han sido algunas de las cosas que me han ayudado a avanzar. Lo más importante que mi trastorno de ansiedad me ha enseñado es que nadie tiene la culpa de que yo no fuera capaz de disfrutar comiendo, perdonar y perdonarse es la única y verdadera cura de la ansiedad.

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Noème: ça-a-été

A veces querría tener la delicadeza de los lirios al crecer
sonar como el viento meciendo hojas
ser blanca muy blanca
vestir vestidos de seda
y andar de puntillas
sobre el césped
mientras cantan pájaros dulces
y todo es azul y todo es verde
y todo es claro y suave y tierno

Otras veces querría tener el valor de cualquier queer
salir en tetas por la noche
mearme en cualquier esquina
y pintar mi piel, mi pelo, mis uñas
y gritar como gritan las bestias heridas
y rugir como rugen las fieras
que quieren vivir
y morder y atacar
y pintar paredes y conquistar ciudades
y que todo sea amarillo y negro y neón

Y ahí estoy

oscilante
entre dos realidades antagónicas
que sin embargo soy

ser
es no preocupase de quien se es
por eso a veces soy lirio
por eso a veces soy rosa
por eso pinto mi piel, mi pelo, mi carne
por eso araño y acaricio
por eso muerdo y grito y beso
por eso

Proyectos fallidos: placer y goce.

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He encontrado una vieja caja que guarda los restos de mi breve incursión en la fotografía química. Hay negativos de mi infancia que pedí por casa y nunca llegué a positivar; también el único negativo que he revelado en toda mi vida con algunas fotos de finales de 2011 y algunas otras de principios de 2012 pero sobretodo huecos en blanco de película no expuesta. Hay positivados de ese carrete en los que apenas se distingue nada aunque yo sé que son Ana Suanes tomándome fotos con mi cutre Olympus digital y el árbol de mi ventana de aquella casa en los Bermejales que tan en la puñeta estaba de todo. Hay positivos de un carrete que no fotografié yo en el que los blancos no son blancos y lo más nítido que aparece son las huellas de mis dedos por tocar directamente el papel para sacarlo de no recuerdo qué líquido. Y también hay un par de carretes de polaroids que compré caducados y que solo fueron capaces de dar una imagen verdosa y difusa de lo que quiera que yo fotografiase, indicios de realidad pero no iconos. De estos intentos fallidos con lo químico salieron otras cosas que yo no esperé: un autorretrato digital en el que me tapaba los ojos con una tira de negativos; un retrato en el que comparaba el color verdoso liso de una de estas películas de polaroids caducadas con los ojos de quien la sujetaba a la altura de su cara; y una serie de ilustraciones torpes que tomaban como base las líneas que se intuían de esas emulsiones a medias.

Hay dos nostalgias que se mezclan en mí mirando las fotos de esta caja. De una parte el apego a aquel año con todos sus paisajes y personas del que estas imágenes son una parte ínfima y que tan rápido pasó y que significó tanto; de otra parte la añoranza del juego, cuando solo se trataba de probar por probar, cuando daba igual si las fotos salían o no porque siempre salía algo y con eso bastaba, cuando no había ni proyectos ni guiones ni referencias ni resultados ni maestros, solo un lenguaje y yo intentando aprender ese lenguaje sin nunca llegar a hacerlo. Cada tiempo tiene su paisaje y hoy todo es más consciente, menos torpe, más pesado, pero los auténticos momentos de goce siguen siendo aquellos en los que la espontaneidad lo inunda todo, en los que nada importa nada y solo hay fragmentos. El placer de la obra es un placer distinto al goce, más grave, más estanco, más definitivo ¿más ajeno?

Se ha roto mi riñonera de cuero.

Quienes no comemos carne (y quienes hacen algo más que no comer carne) tenemos sobre nosotros la lupa de la contradicción. Poco importa si somos de los que tratamos de convencer a nuestro entorno de los beneficios personales y ecológicos de nuestra forma de vivir o si simplemente somos de los que nos limitamos a existir -sin hacer ruido- de una forma acorde a nuestro sentir y pensar: siempre habrá alguien que se acerque a nosotros preguntándonos a la defensiva “¿Por qué lo hacéis?”

Y lo hacemos por motivos archiconocidos que van desde una empatía con el mundo animal y un rechazo al maltrato de la industria cárnica, una preocupación por el medio ambiente y el malgasto de recursos naturales, pasando por la propia salud personal apostando por una nutrición más equilibrada y consciente. No es mi intención profundizar ahora en estos motivos y todos sus matices sino en la respuesta a la que siempre se acaba desembocando en el transcurso de la conversación: “Te contradices”.

Y hay muchas formas de contradecirse. Bien puede ser que asesinas mosquitos y cucarachas; que bebes coca cola; que en el improbable caso de que tu avión se estrellase en los Andes y sobrevivieras serías capaz de comerte a otros humanos por necesidad; que comes vegetales que “también son seres vivos” o que “tu riñonera es de cuero”.

A la estudiante de filosofía que tengo la particularidad de ser le sería fácil zanjar la discusión argumentando que dicha contrarréplica no es más que una falacia ad hominem que sin duda no desmonta la creencia de que el vegetarianismo o el veganismo son opciones respetables y preferibles a una alimentación estándar. Pero todos sabemos que este tipo de argumentos son de poca eficacia en el mundo real.

Desde el posmodernismo que profeso me sale gritarle al universo que la contradicción está infravalorada, que no hay mejor defensa contra el dogmatismo que pequeñas dosis de discordancia interna, que el no creerse en posesión de la verdad absoluta nos ayuda a cohabitar. También desde mi izquierdismo me sale decir que es imposible no contradecirse en un mundo capitalista globalizado donde es imposible saber de donde proceden y que conllevan los productos que tan fácilmente consumimos. Incluso desde mi misticismo tan naíf me sale parafrasear aquello de que el horizonte siempre se aleja pero nos sirve para caminar, llegaría a aceptar que el objetivo final es la ausencia de contradicción pero que mientras tanto pues habrá que ir caminando (o revisando ciertos hábitos).

Sé que este impulso irrefrenable de llamar hipócrita a quienes toman partido por algo nace de un anhelo conservador de quienes no quieren cambiar su status actual. Lo que no sé si ellos saben es que el hecho de que yo prefiera una forma de vida a otra no es necesariamente un ataque frontal a su modo de ser. Es lo que tiene la contradicción, es lo que tiene vivir la transición como un proceso y no como una revelación celestial: que conlleva una empatía. No intento convencer a nadie con argumentos racionales de que ciertas conductas son preferibles a otras -aunque a mí me convenza-; no miro con condescendencia a los que no piensan como yo pensando que están equivocados y que algún día se darán cuenta de la verdad -aunque yo la considere verdadera-; me contento con crear la experiencia de que es posible: demostrar que no necesito carne para vivir; demostrar que soy más saludable desde que cambié mis hábitos; sentirme menos copartícipe de cualquier asesinato animal; enseñarme a mí misma que mi vida es mejor así. Y hoy desprenderme con nostalgia de mi vieja riñonera de cuero que me acompaño a tantos sitios y me gustaba tanto y colocarme en la cadera la nueva que es de tela. Otra contradicción menos, de esas que no quiero que acaben nunca.

El rollo buddhism.

“¿Será el aburrimiento mi histeria?”
Roland Barthes

 

Hace tiempo que la ansiedad me acompaña. Los que somatizamos tan bien nos hemos encontrado en demasiadas ocasiones con personas que ponen en cuestión nuestros síntomas. A veces con las mejores intenciones “No tienes nada, deja de preocuparte”; otras con un paternalismo extraño “Es psicológico, lo único que tienes que hacer es relajarte” y otras con hartazgo “Deja de poner excusas, si no sales de casa es porque no te da la gana”. Y así el miedo a afrontar nuestra vida se mezcla con la puesta en duda que nos lleva a ponernos aún más en duda a nosotros mismos en esa espiral tan infinita. Me asombra descubrir que esta actitud ha sido una constante. Leo a Freud escribir “Mis histéricas me mienten” y pienso en todas las veces que alguien pensó que yo mentía al hablar de mi malestar, al hablar de mis mareos y desmayos, de la falta de aire o de como se me acelera el corazón en momentos random. “Tú estás bien” que me lo repitas no lo hace más cierto. Es tan difícil conseguir que la ansiedad no entorpezca tu día a día, es tan difícil modificar tu estructura psíquica para lograr que la ansiedad no vuelva que la superioridad con la que algunos reducen tus problemas duele. La ansiedad nunca es aburrimiento querido Barthes, pero cuando te aburres la rumiación es más fuerte. La guerra a la rumiación me llevó a practicar meditación y lo cierto es que me funciona. No se trata como algunos creen de poner la mente en blanco sino más bien de concentrar la mente en el propio cuerpo. Respirar. La práctica de la meditación me ayudó a dejarme llevar y así fue como acabé hace una semana probando eso de la acupuntura, el cupping y algo cuya existencia desconocía llamado auriculoterapia. Un lío. Mi escepticismo inicial dejó paso al dolor de una espalda llena de moratones y una oreja dolorida. El masaje con el que comenzamos hubiera sido suficiente para mí. Pero ¿sabéis? Nadie me puso en duda. La solución a mi problema sigue siendo mental no unas semillas en mi oreja ni unas agujas en mi espalda pero entendí por qué la gente recurre a estas prácticas: el contacto de quien lo ejerce y la conciencia del propio cuerpo. El cupping ha conseguido que ande recta una semana principalmente porque doblar la espalda me producía dolor, quizás ha conseguido de una forma más efectiva que cualquier meditación centrar mi pensamiento en mi cuerpo y no rumiar. No tengo la intención de repetir la experiencia pero a veces las cosas más inesperadas te aportan algo.

El placer de los autores.

Me fascinan sus autores y a su vez creo en su muerte. Pienso mientras sigo leyendo a Roland Barthes, autor que se ha convertido en el centro de mi trabajo final de máster. Siempre me han fascinado los autores. No lo he podido ni querido evitar. Cuando leo un libro que me gusta me leo todos los que puedo del mismo autor. El primero fue Jostein Gaarder, en mi temprana adolescencia, después de La joven de las naranjas, vinieron El mundo de Sofía, El misterio del solitario, Maya y Jaque Mate. Luego fue Milan Kundera que después de La insoportable levedad del ser vinieron La inmortalidad y La ignorancia. Luego Alejandra Pizarnik: Obras completas, Diarios, Cartas al psicoanalista…  Y qué decir del cine. Mi obsesión por Ingmar Bergman. Lo mucho que me gustan Éric Rohmer, Theo Angelopoulos o Paolo Sorrentino… Lo mucho que me decepciona la desigual obra de un director como François Ozon…

Me es mucho más fácil elegir un director favorito que una película favorita porque es el estilo lo que me engancha. Estilo, esto que según Barthes forma parte de la mitología personal y por ende es en buena medida “natural”, inconsciente, involuntario; como la lengua es el horizonte dado (no se escoge) el estilo es el ámbito de la posibilidad dada (se configura pero no se escoge). La escritura es el único lugar del compromiso. El estilo se actualiza en la escritura. Se hace hecho.

Pienso en el esquema inestético de Alain Badiou y la forma en la que argumenta el arte se relaciona con la verdad. Para Badiou la verdad es un procedimiento que nace de un acontecimiento. El suceso es un acontecimiento inesperado e improbable que demuestra que la situación anterior no era cierta. La verdad como algo nunca totalizable ni alcanzable. Badiou no ubica la verdad en la obra artística, una obra no es un acontecimiento, es un hecho que va conformando el procedimiento artístico que es capaz de verdad en sí. La verdad está en ese procedimiento y no en la obra. La obra actualiza localmente la verdad ¿Y no es esta verdad lo que Barthes entiende como estilo?

¿Dónde está la verdad en el estilo o en la escritura? ¿Dónde el compromiso? La muerte del autor es el nacimiento del lector y sin embargo además del placer del texto existe el placer del autor, el placer del estilo cuando es auténtico.